BRANE MOZETIČ
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foto por Jan Mysjkin
Nació, en Ljubljana, Eslovenia, en 1958.

Es poeta, narrador y traductor. Ha publicado los poemarios Blancanieves es siete enanitos (1976), Soledades (1987), Lo azul del contacto (1986), Conjuros (1987), Red (1989) Obsesión/Obsession (1991), Poemas por los sueños muertos (1995).

Traducción española de Marjeta Drobnič. Málaga: Maremoto, 2004), Mariposas (2001). Traducción española de Marjeta Drobnič. Buenos Aires: Gog y Magog, 2006), Banalidades (2003) y Más banalidades (2005). En narrativa publicó el relato Pasión (1993) y las novelas Ángeles (1997) y Una historia perdida (2002).

Ha traducido al esloveno autores como Arthur Rimbaud, Jean Genet o Michael Foucault. Es editor de las colecciones Aleph y Lambda de la editorial Škuc de Ljubljana y director del Centro para la promoción exterior de la literatura eslovena. www.branemozetic.com

 
> Poemas

Querida Ana, Liubliana es como una terrible pesadilla nocturna. Lo primero
que te viene a la cabeza en esta ciudad es cortarte
las venas, o apretarte un lazo alrededor del cuello, o saltar
del único rascacielos. Tendría que estar todo el tiempo borracho o falopeado
para aguantar. Los amigos no son amigos, los conocidos
no son conocidos, los amantes no son amantes, la madre no es madre,
el padre no es padre, la mujer no es mujer, el suelo no es suelo, todo flota
en un vacío que no tiene fin, visiones, espíritus,
criaturas deformes, el agua no es agua y el aire no es aire, el fuego no es fuego.
Querida Ana, tu ciudad es el fin del mundo,
sin esperanza alguna, es vegetar, es un suplicio
infernal, es un dolor de estómago, es una concentración de todas
las energías negativas que sólo quieren hacer
de vos un imbécil, un mutilado. Liubliana, una serpiente
que suena bien, que envuelve tu cuerpo con suavidad, despacio,
con cuidado, para que te falte el aire y no te
salves de ella, todo el tiempo va con vos, se arrastra detrás de vos,
tan colorida, inofensiva. Andate, hundite
en los pantanos, regresá al barro, para siempre,
salvanos.

 

El abuelo fue el primero que llegó a la conclusión de que no merezco
vivir. Mi lloriqueo lo enervaba tanto
que me encerró en la porqueriza. Quizás los chanchos
me hubieran aplastado, tan pequeño que era, si alguien no me
hubiese salvado. La segunda vez que me salvaron fue cuando me
caí a un arroyo, metí la cabeza en el barro y
no hubo más aire. Me agarraron de las piernas y me sacaron
de ahí. La tercera vez, ese mismo abuelo, desde arriba de la casa
donde estaba arreglando la parra, soltó sobre mi cabeza,
según parece por accidente, un listón puntiagudo cuando yo
estaba estirado curioseando por la ventana. Sólo retrocedí a la pieza y
me quedé parado, mirando cómo corría la sangre de mi cabeza.
No sentía nada. El charco en el parqué se hacía grande y
más grande hasta que alguien entró por casualidad a la pieza.
Después el recuerdo es borroso, lo único que queda es
que al médico le dije que me choqué con la cabeza
contra una pared. Tendría que haberme muerto. Al menos tres veces,
si no más. Después me fueron matando despacio, año
tras año, y me acostumbré, apáticamente
esperé que lo lograran de una vez. Vos fuiste
el que más se esforzó. Me estrangulabas, me quitabas el aire, me
quebrabas los huesos, devastabas mi cerebro. Más de mil veces
hicimos el amor y cada vez me observabas si voy,
si esta vez sí voy a cruzar el límite y no voy a regresar nunca más.
Nadie me volvió a salvar. Y eso fue tan
duro. Aún más me matabas cuando a mi lado
garchabas con otros, suspirabas y gritabas y
nunca te era suficiente. Como si me hubieras tirado
a la porqueriza. Pero cuando más me mataste fue al traerme
en brazos al perro arrollado, lentamente, como en
una película, como la última secuencia y luego la oscuridad.

 

Olvidar cómo se refugió en nuestro campo de maíz
una corza herida  y el abuelo llamó cazadores para que se la
llevaran, tan chiquita, tan débil.
Olvidar a los pibes que tenían sus secretos y
los escondían frente a mí. Si alguna vez les preguntaba algo,
me decían: Vos sos muy chico todavía. Siempre era
muy chico todavía y nunca pude saber qué era lo que tenían.
Olvidar al pibito que en el jardín se enamoró de mí
y todo el tiempo me besaba, mientras las maestras
se reían: ¡Pero si no es una nena!
Olvidar el vago estremecimiento, el calor que
invadía mi cuerpo cuando mis compañeros, uno tras otro,
venían a mi casa. Yo les enseñaba porque
tenían notas bajas y en la escuela decidieron
que precisamente yo les podría ayudar. Los varones me los asignaron
a mí, las nenas, a una compañera.
Olvidar cómo se me escapaba la mirada hacia su primera pelusa,
cómo en gimnasia prefería hacerme el enfermo para
poder estar sentado en el banco del gimnasio y
observarlos correr detrás de la pelota.
Olvidar mis primeros escritos dirigidos a estos chicos.
Olvidar mis desesperantes borracheras porque sólo así, sólo
así me atrevía a tocar a mi primer amor.
Olvidar todo lo que le siguió.
Olvidar a mi primer novia que nunca me dejó hacerlo, aunque
todo el tiempo me pegaba a ella. ¡Increíble lo
necesitado que estaba entonces!
Olvidar al hombre que mi pelo largo y mi frágil figura
lo indujo a gritar detrás de mí, y que al
darme vuelta –sucedió en las escaleras de la escuela– abrió
su antiguo sobretodo y me mostró su
pito rojo y feo.
Olvidar el asco que me produjo, y la
ternura con la que yo miraba a mi compañero a sus ojos azules.
Olvidar el tiempo en que me alejé del mundo de los varones,
y a mi mujer que me ayudó en eso. Nuestras
maravillosas estadías junto al mar, cuando parecía que
la vida era sólo oleaje marino.
Olvidar la melosidad de mi padrastro que siempre me amenazaba
y que yo rehuía, porque temía que
sus contactos querían ser algo más.
Olvidar que no puedo decir, que hay mucho que no
puedo decir y prefiero esconderme, prefiero callarme, prefiero
olvidar. Oh, Joe Brainard, mejor olvidar,
mejor olvidar todo porque siempre vuelve a remover lugares dolorosos
y no nos dejará en paz hasta la muerte. Olvidar, olvidar.
A veces hay en mi habitación un silencio terrible
y una oscuridad aún más terrible.