EDGAR POU
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Seudónimo de Edgardo Cazal Figueredo, nació en Asunción del Paraguay en 1969.

Poeta y promotor cultural, desde 2007 dirige junto a Cristino Bogado la editorial Felicita Cartonera que cuenta en su catalogo más de 150 títulos publicados.

Sus poemarios El Pombero Tamaguxi, Hamburguesa de Moñai, Mantra karape, Quinielero Patafisiko, La prueba del koatí y Ciemprecienpies, han sido publicados en formato cartonero por las editoras Yiyi Yambo (Brasil), Santa Muerte (Mexico) y Yerba Mala (Bolivia).

Ha publicado algunos cuentos nómadas dispersos en varias antologías tanto latinoamericanas como europeas, como la Antología sobre el Río. Nueva narrativa latinoamericana, publicada con auspicios del Instituto Cervantes de Berlin, y Antología de Nueva Narrativa Paraguaya de la editorial Santiago Arcos de Buenos Aires.

Ha participado en las ferias del libro de Resistencia (Chaco), FLIA, Feria Caaguazu, Villarrica, Feria de Buenos Aires, exponiendo y presentando libros. Ha sido invitado a los festivales de poesía de Porto Galinhas, Florianopolis y Casa das Rosas (San Pablo), Poquita Fe (Santiago de Chile) y Festival de Poesía Lima (Perú).

Actualmente coordina talleres literarios en los centros penitenciarios de Takumbú y Buen Pastor con el apoyo del Centro Cultural Juan de Salazar. Ha organizado el evento denominado Jaque Mate en Takumbú, en coordinación con clubes y escuelas de ajedrez y la Federación de Ajedrez del Paraguay, con la participación de la ciudadanía en general y más de cuarenta ajedrecistas internos del penal. También ha sido el organizador de La Primera Feria del Libro Kartonero del Mercosur, realizado durante junio de 2011, de la que participaron diez editoras y se expusieron más de cinco mil libros.

 
> Poemas

Uma yiyi bebiendo niebla

no todo lo débil es alarmante
como el grillo scracht
que se acalambra sobre los platos negros
cuando una boca se abre
o una herida se cierra
la mirada se agrieta la mentira de las flores
la errancia del viento por surcos concéntricos
el beso que se arruga
como un origami reseco
juguemos al desatino de la sangre
el sonido como deseo
salvo la astucia del perdón
todo te será permitido.

 

Tesarai

fueras tú la que espera
al final de la curva del beso del ácido
traspasados los pechos por una sed furibunda
estallara la asfixia retórica que precede al grito
la luna lavada de silencio si fuera noche
la humareda de smog si fuera día
no se trata de agorafobia soledad uñas fiebre
horizonte palideciendo, nightmares
al encuentro de algo como encerrado
(un niño que no puedes ver)
o una mordida fulmínea en un puño
donde patalea una sonrisa
y la tarde envenenara la doble avenida del antes y el después
y la tarde olvidara cerrar los ojos inútiles de las flores
la tarde para morir sin que te arranquen tu secreto
no  sé  de  qué trata  la  película
y
aunque no fueras tú la que espera
al final del zarpazo amniótico del sueño
acurrucada en la luz de mil dientes de león sin soplar
te encontraré y solo ahí  sabremos
para qué te he buscado tanto Sharon Tate.

 

Nde rera Naga

Como lluvia en el mar de los ojos del infierno
dentro de una esfera de sal
prométeme saltar te dije
antes que las venas zarparan hacia este mar rojo
prométeme encontrar
las ajorcas del ocaso te dije
tratando de borrar el password de mi sangre
ataviada para otras ausencias
prométeme el enjambre de tus sollozos
la vena muda en el filo navajo
de la madrugada
nos estamos
inventando el grito o su fuego
merecemos llorar escolopendras
sabias y sintéticas
somos nieve o espuma grité
(el estallido es igual)
la fulguración
nos dirá la palabra final
la lluvia es bebible dije
abriendo tu alarido
como una vela ante el mar de los sargazos
o la entrada al ojo del infierno
contando las gotas de tu delirio
el día es un potlach de hojarascas lujuriosas
el día y su celofán
desgastan tu pestañeo
y el frío estalagmito desciende
a los cristales perplejos de tu ombligo
para aprender a qué suena
eso que duele
porque allí
soy el sueño del mezcal
y la piel de la ayahuasca
a la vera de ese último amuleto
quisiera el himen de tu risa
arrojado a la jauría del último fuego en la arena
esa herida restallante desarmando la lluvia
mirarnos las manos y sollozar en la cabina translúcida
de la ciudad sitiada por una legión de tukús
sin que podamos tocarnos ya

como violines locos o espadas sin dueño.