FELIPE GARCÍA QUINTERO
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Nació en 1973 en Bolívar, departamento del Cauca, Colombia.

Es autor de los libros de poesía: vida de nadie (Altorrey Editorial, Madrid, 1999), piedra vacía (C.C.E., Quito, 2001), la herida del comienzo (Alhucema Libros, Granada, 2005), mirar el aire (Universidad Nacional, Bogotá, 2009) y Siega (Universidad Industrial de Santander, Bucaramanga, 2011). Y de las selecciones personales Horizonte de perros (Universidad del Valle, Cali, 2005) y Honduras de paso (Ediciones Jitanjali, Mérida, 2007).

Ejerce la docencia y la investigación académica como profesor Asociado del Departamento de Comunicación Social de la Universidad del Cauca, en Popayán, Colombia. Ha realizado estudios de literatura, crítica cultural, filología hispánica y antropología. Como escritor y estudiante ha residido temporadas en Quito, Madrid y México, D.F.

Entre otras distinciones, obtuvo por concurso los premios internacionales de poesía Encina de Cañada (España) y el Iberoamericano “Neruda 2000” (Chile). Fue becario del programa de residencias artísticas del Ministerio de Cultura de Colombia en Venezuela (2005) y México (2008).

 
> Poemas

Res

I.

La vaca muerde la hierba
y su aliento estremece la luz del polvo lunar.

Temblorosa es la música entre sus patas,
hondo el respirar del viento.

La cola que aparta las moscas
flota, rema.

II.

La vaca llama a ser vista por sus grandes ojos abiertos.

La lentitud y no la hierba es lo que cavila en la paciente sombra.

Tiento la tierra que la junta al cielo.

Montaña de sólo aire el pensamiento donde se despeña el silencio.

III.

Arriba en la montaña,
inmóvil, una vaca sola pasta.

A su sombra mis ojos buscan refugio.

La vaca mística de la infancia
sobre el llano alto, casi en las nubes.

Un poco de ese fulgor toca mis manos,
sólo entonces, en cada piedra, el horizonte nuevo.

 

Verba

I.

Las moscas llegan a la carne aún viva, latente de sueño.

Rondan, en su vuelo la ciñen.

Ese ruido pequeño despierta la piel con grandes anuncios. Y el brusco tacto ciego tras ello va. No sabe lo que persigue.

Las moscas cercan los ojos, la vista toda nublada en la voz ausente del aire.

II.

El posarse del insecto en la carne aún viva, latente de sueño.

En la piel deseante del manotazo tordo, sin luz, que abre una zanja en el aire, mientras la fugaz sombra ya no está.

Lento suceder de la nada.

Risas de mono, gestos sin nombre de la música humana.

III.

Por ellas la atención de quien intenta vivir se apoca.

Por ellas el pensamiento se hace sombra; noche todo vuelo, por ellas.

IV.

En la hoja escrita se posa la mosca.

Son múltiples miradas este encuentro del suelo constelado.

No hay extensión imposible para el hondo palpar absorto.
Quizá todo lo cubre —zumbido ciego en el oído—.

Ni el libro cuando se cierre lo podrá saber.
Letra, entonces, sangre.

 

La cabra

Como Umberto Saba, he hablado a una cabra. Y como hoy yo mismo, estaba sola en el prado, atado, como ella también de noche, a un viejo laso, ahíto de hierba. Bañado por la lluvia, igual, balaba.

Ese su balido, como ahora el poema, era fraterno a mi dolor. Será porque yo hablé primero que la cabra entonces se acalló. Y porque el dolor es eterno, dice el poeta, tiene una sola voz y nunca cambia.

Mi voz escuché al gemir de la cabra solitaria.