LUIS CHAVES
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foto de Esteban Chinchilla
Nació en Costa Rica, en 1969. Escritor y traductor.

Publicó Los animales que imaginamos (CONACULTA, México, 1998), Historias Polaroid (Perro Azul, 2000), Cumbia (Eloísa Cartonera, Argentina, 2003),  Chan Marshall (Visor, España, 2005) y Asfalto (Perro Azul, 2006). Publicó en edición doble Historias Polaroid / Asfalto (Perro Azul, 2009).

Además, publicó en 2010 las crónicas El Mundial 2010 - apuntes (Editorial Germinal) y un libro que recoge prosas del 2002 al 2010 titulado 300 páginas (Ediciones Lanzallamas).

Con el libro Los animales que imaginamos ganó el “Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1997”. El libro Historias Polaroid obtuvo mención como uno de los tres finalistas en el Premio Internacional de Poesía del Festival de Poesía de Medellín 2001 y Chan Marshall le valió el “III Premio Fray Luis de León”. Publicó también la Antología de la nueva poesía costarricense (Línea Imaginaria, Ecuador, 2001). Fue coeditor de la revista de poesía joven latinoamericana Los amigos de lo ajeno.

Desde el 2006 coordina en San José el Taller de Escritura Artesanal.

 
> Poemas

La nieve, la electricidad

La ropa tendida
y esas nubes.

Hay un perro nuevo,
me sigue a todas partes
aquí está debajo de la mesa,
cuando llueve con truenos
se clava al piso y no lo mueve nadie.

La casa está igual
menos la cocina,
la ampliamos botando la pared de atrás.
Ahora es más moderna,
tiene mostrador de granito
como en las revistas que mandaste,
cuando mandabas cosas.

Pusimos piedras blancas en el jardín,
hacen camino hasta la puerta.
Antes de llover
o cuando ya casi oscureció
entra el olor de la albahaca.
Eso tampoco ha cambiado,
todos los días
de todos los años,
esté quien esté,
ese aroma entra apenas
a la parte de la casa
que da al jardín
como siguiendo el camino de piedras.
Entra la albahaca
luego llueve
u oscurece.

Tenemos la misma tele
aunque parezca mentira.
Anoche, por cierto,
mientras pensaba en otra cosa
en un programa pasaban
la imagen de unas torres enormes
clavadas en campos verdes
para sacar electricidad del viento.
Todas en fila, formadas,
las hélices enormes y lentas
giraban a destiempo,
perdían la sincronización.

Entonces dejé la otra cosa
y pensé en eso
un buen rato:
cómo sería ir ahí,
el silencio mecánico tal vez
al pie de una torre.
Luego me quedé dormida.

Afuera pasan las nubes
en formación,
las piedras del cielo parecen,
piedras rodantes.

Va a llover
y tengo ropa tendida.
Los truenos son el sonido
de la electricidad.
Te dejo esa frase de revista
mientras el perro tiembla,
atornillado al piso.

Puede ser tu lugar
donde están esas torres,
no entendí mucho
era el canal alemán o el francés.
Unas praderas extensas,
parches verdes
de gramíneas diferentes
como corrientes de agua
o manchas de diesel
que se juntan
sin mezclarse.

Cómo será tu casa,
la ruta que lleva a la puerta,
la ropa secándose en un balcón.
En la tele veo programas de lugares y viajes
como el de anoche
o uno con gente rodeada de blanco
hundida hasta las rodillas.
Luego el mismo lugar sin gente,
sin otro sonido que el tic tac interno,
el que no viene del televisor.

Daban ganas de estar ahí.
La nieve en la tele,
detrás de la electricidad,
me pregunto cosas,
tu lugar, qué pensarás
antes de que llueva
o anochezca,
cosas así pienso
hasta que me duermo.

Me sigue el perro
pero se queda afuera,
al pie de la puerta.
No entra a este sueño
como de aspas gigantes
en cámara lenta,
la nieve al otro lado
de la electricidad.

Huele a albahaca,
es de noche
o va a llover.

Cuánto pesarán,
me pregunto,
sacando la mano
por el balcón de tu casa,
los copos,
los copos de nieve,
cuánto duran en la mano.

 

Una boda, un domingo, el fin del verano

A las 11 a.m., con los primeros en llegar, se descorchará la botella inaugural (a lo largo del día el arco democrático del vino cubrirá desde cosechas 2004 hasta cajas de tetrabrik). A las 11 p.m., ya en su casa, demasiado cerca del lunes, herido de gravedad por la bala lenta del alcohol, el último en haberse ido repasará, en diapositivas mentales, el primer domingo de marzo: el sol trazando su línea de 180 grados en cámara lenta; la multiplicación del pan y las reses; la montaña de zapatos revueltos en la entrada de la casa; la imagen de alguien, mitad del cuerpo dentro de la refri, buceando por cervezas; un guiso prodigioso preparado con ingredientes de una galaxia muy lejana; el recuerdo de los extensos y turbadores segundos en que sostuvo contacto visual con un perro; y el efecto dominó de la reproducción materializado en aquellas niñas que se bañan chingas en la piscina.

 

Wyoming

Falta el inicio
pero es lo de menos:
huele a gas y una tarde
por la ventana del bus
el rótulo de gaseosa Goliat.

Inquieto en el cielo raso,
el reflejo del reloj.

Las faldas dentro del calzoncillo,
la constelación de hormigas
suspendidas dentro de la botella de miel.

Hasta aquí va todo bien,
ahora la parte difícil
viene la fuerza de gravedad,
el adormecimiento.

Algo es seguro:
sopla un viento helado
en, digamos, Bahía Blanca.
Mudo el manto de escarcha
sobre la tierra plana de Wyoming.

(Inéditos)