MARINA YUSZCZUK
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Nació en Quilmes (1978), pero vivió toda su vida en Bahía Blanca, donde estudió Letras y participó del proyecto Cooperativa Editora el Calamar, con el que publicó Guía práctica de las mariposas en 2004.

Actualmente realiza una tesis doctoral sobre poesía de los noventa, es crítica de cine en la revista El amante y trabaja en su segundo libro, Lo que la gente hace, de próxima aparición.

Este año recibió una beca nacional del Fondo Nacional de las Artes.

www.museomarino.blogspot.com

 
> Poemas

Todo lo demás es feo

Hoy el señor del quiosco me dio moneditas, me dice "Nena mientras haya te doy, no te hagas drama". Los chicos juegan en el patio de abajo, tienen una pistola de plástico naranja y amarillo, dicen "Boludo agáchate, boludo ven aquí" y hacen chiun, chiun, se persiguen, se tiran al piso. El vecino que tiene bandoneón toda la tarde practica los acordes finales del mismo vals y a nadie le molesta; a veces llena de Bach el edificio como si fuera el órgano de una iglesia pero de barrio, de vecindad con un largo pasillo lleno de macetas. Estoy sola en una casa vacía y silenciosa -salvo por los ruidos de ellos, por la ventana abierta- y a veces pienso que el mundo es un lugar amenazante, a veces no. La chica del chino de enfrente me fió toda la compra ayer, yo perdí la tarjeta y no tenía nada para darle, me dijo "Llevala, si no qué va a comer esta noche". Todo lo demás es feo y yo lo sé. Todo lo demás es triste. Pero llega la noche y me preparo de a poco para dormir pensando en ellos, las únicas personas con que hablé en este día. Alguien abre una canilla y grita algo. Me pongo el camisón, fumo despacio desde la ventana. Hay un dejo en el aire parecido a la paz, las cosas se calman apenas un poco y toman fuerza para desatar mañana otra violencia. La noche de febrero es fresca, lo justo como para estar en la ventana en camisón, con este aire en los brazos desnudos.

 

Nublado

Afuera está nublado. Acaba de empezar el otoño y hace frío, son esos días desconcertantes de abrigarse y de cerrar la ventana, de preguntarse en qué momento se empezó a ir el calor, cómo caímos de pronto en este pozo de cemento gris, si el calefactor prenderá bien o habrá que hacerlo limpiar como otros años. Hoy se trabaja y uno puede ser gris como es el día, ni demasiado frío ni caliente, nada muy notorio. Es un día invisible. No tiene ningún rasgo propio más que estar imperceptiblemente entre las cosas, ocupa solamente los lugares que los árboles y las personas y los edificios dejan a su alrededor, les da una luz opaca pero no mucho más. No los sacude, no ataca con vientos enfáticos ni derrite con mucho calor ni cambia el ritmo de todos con un frío que los haga correr, con agua que los moje, con viento helado que se meta en el cuerpo y salga por la boca bajo la forma de un vapor blanco y espeso. Las nubes corren sobre las antenas pero tan despacio que parece que nunca jamás fuera a pasar más nada, el corazón se para y tiene miedo de jamás arrancar. ¿Y si todo termina? ¿Si todo queda así, parado para siempre? ¿Si el fin es tan sereno como un día ni radiante ni negro que llegó en silencio, en el que la pérdida se abre como un agujero indiferente, que nadie ve, y se lo traga todo?

 

Gatita

¿Y qué si una linda gatita de extraño nombre femenino me hizo cambiar de opinión sobre toda una especie tal vez para siempre? Nunca le vi las garras, ella sube a la cama sin que nadie la note y hace de mis piernas un rincón donde apoyar el lomo. No elige cualquier parte, detecta ese calor y lo busca, aunque -estoy segura- no lo necesita. No por lo menos por razones básicas: ella vive entregada al bienestar, sabe cómo encontrarlo, no deja que el orgullo le impida acercarse a una chica que en un principio le tenía miedo. Que no la quería. Ella vino primero, no supo nunca del temor a las garras o de las visiones demoníacas de gatos que se agazapan para mejor engañar, para atacar de un salto y arrancar los ojos. De eso no sabe nada, se acerca envuelta en su inocencia con tanta simpleza que desarma y trepa por el cuerpo con pisadas suaves, sin aplastar. No invade pero avanza. Ocupa los lugares que quedan vacíos, se acomoda. La flexibilidad es su secreto, el avance despacio y en zig zag hasta la mano que de pronto tiene una cabecita cálida debajo y la está acariciando por primera vez. Vencimos. Me gusta su manera invisible de hacerse querer, me da ganas de darle muchos besos, de que vivamos las dos en un reino de nubes donde podamos ser igualmente cálidas y suaves. Hace que me duela ser tan dura.