SANTIAGO ALASSIA
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Nació en Rafaela, Santa Fe, en 1979.

Poeta, dramaturgo, docente y director teatral. Escribió y dirigió las obras de teatro Atacar (Premio Coproducciones Festival de Teatro Rafaela 2009), Orden del día, Fanto (Premio Coproducciones Festival de Teatro Rafaela 2010) y Hermanas Victoria (Seleccionada Concurso Cocina de los Dramaturgos, Rosario, 2010).

Publicó el poemario Malezanos (Ediciones Prima Liter, 2006) y la nouvelle Juan y Antonio (Ediciones Prima Liter, 2009). Poemas suyos integran la Muestra de poesía joven de Santa Fe, editada por la Universidad Nacional del Litoral en 2010. Estudió Comunicación Social y desde el año 2008 dirige el suplemento cultural Rastros del diario La Opinión de Rafaela. Actualmente trabaja en su quinta obra teatral en el marco de la Clínica de Dirección Teatral coordinada por los directores Silvio Lang (Buenos Aires) y Luciano Delprato (Córdoba).

 
> Poemas

Ciertos hombres

Ciertos hombres que al caminar
levantan oro al aire, o lo sueltan
como náufragos al agua en su resignación:
volcados al cansancio del mundo.

Un arco de oro a la evidente ausencia,
un arco de oro que hace enmudecer
a las estrellas, y el resto se origina.

Como Von der Brücke, el poeta bávaro y alado,
que señalaba el instante en que mudaba de tono
el color de la enramada, sobre las pardas montañas.

Como Nuafal, mujer pequeña y silenciosa,
que por siglos detrás de las hojas amarillas
vivió esperando una música, con un íntimo dolor.

O la matrona Orozco, cuya cabaña
perfumada de sándalo, en invierno,
era una cúpula inhallable en el medio del monte,
y cuya voz oscura subía lentamente
desde las quietas raíces de un ombú desconocido.

Y Hermes Dylon, que comprendió de golpe la tristeza acumulada
en los rincones viejos, madera húmeda en hilachas de los barcos
junto al barrio de pescadores de un pueblito portuario.

Como Varese, el pintor, que caminó junto a su hermana,
y pudo verse doblado en la noche blanca y harapienta
arrojándose al mar, los ojos vueltos hacia adentro.

Como Cècil, la adolescente pálida y surcada por el sueño
que gustaba de abrazar a las piedras, y un día dijo
´frágil`, ´auguro hielos`, ´verano`: ese musgo 
se le adhería en el costado de su amor mineral.

Como Gisbert, que cuidaba a sus perros, y los hombres
temían encontrárselo en la calle: su garganta
arrojaba una verdad como frenética.

Como Jonar Zalogos, nacido en Lebu, abierto el ventarrón
que demoró en crecerlo: el relámpago
fue a pararse de lleno en la cal de sus pupilas.

O Tiferet, que trajo lírica de arenas del desierto,
una calmada voz para que Misia
durmiera lánguida y fatal en el guante de su lecho.

Ciertos hombres tejen la verdad. En su caminar
pronuncian la dicha y el sosiego, la audible espuma
del gorgoteo que alienta en el vacío milenario.

Ciertos hombres, esto es todo.
En su caminar justifican
los espasmos de la sangre
del animal que se acurruca
en los racimos de una tarde, ya lejana,
con las horas yéndose a otro lado.

 

Von der Brücke

Descansa ahora, Von der Brücke, poeta bávaro
y alado entre montañas. Mientras duermes
la blancura de hogareño que tu aire sostiene
se derrama despacio. Blandamente ha nevado.

De hogareño fiel, Von der Brücke, en tu regazo
las cosas no vacilan, emergen a la luz
en el nombre total que las asiste: hacha
es talar al sol, de tardecita, frente al valle,
con amuletos colgantes para ahuyentar el miedo.

Descansa ahora, Von der Brücke, ha sido un tiempo
de espanto, un exceso de palabras pensadas gravemente.
Vuelve a la noche una vez más,
a la ceguera alrededor con islas
donde las bestias ya no hurgan como antaño.

Un hacha es talar al sol. Nadie sabe
si no enjugaste las gotas como un varón piadoso,
si ese golpe no tuvo en el amor su nacimiento.

Descansa ahora, Von der Brücke, ya los hombres
no se ocupan largamente de la guerra, no traman
el furor de una letra en acto pleno
ni encienden el color de sus mujeres.

Descansa ahora, Von der Brücke, es el mundo.
Afuera está la tierra que levantan los cachorros. 

 

 

Nuafal

Para hacer algo, Nuafalita, prefiero la fatal delicadeza de lo mínimo, prefiero tus pies pequeños: dijimos que había que romper la ilusión, pero eso no es cierto. Ni tampoco las súplicas a la nieve copiosa que vuelva y nos tape, ni estas agujas. Tan sólo unas huellas que alguien dejó y que insisten en tu boca sin miedo a llenar con láminas o con hilos de un aliento cansado la palabra pétalo.

Para hacer algo, Nuafalita, es lo primordial estarse quieto:
un ovillo pequeño que se dobla sobre sí,
que deshace su paso
en la preparación del vaciamiento.

Es cuando la noche no irrumpe, sino que va ofreciendo
pedacitos de aparición reveladora.

Nuafalita, tu corazón como pocos fiel a un deseo de hacer música inaudita, allí donde el tambor vuelca sus gotas sólo a quien lo escucha. En tu rincón detenido, Nuafalita, está goteando un cansancio elemental: como el dolor del viajero que vuelve y teme por la voz con que hablará nuevamente a los hermanos, otra vez desconocidos.