David Wapner

DAVID WAPNER

Buenos Aires (Argentina), 1958. 

Autor de poesía y ficción, músico, editor. Libros: Bulu-Bulu; Tragacomedias-Sacrificciones; Violenta Parra; Mardablogues; Perrupagia Amoghino Búnfeld; Pozo-Canciones para perros; Carga, Adelante; Vamos y El Ciclo Mardafón. Para la infancia: El otro Gardel; Algunos sucesos de la Vida y Obra del Mago Juan Chin Pérez; El águila; La noche; Interland; Canción Decidida; Los Piojemas del Piojo Peddy; Pajarraigos; Icaro; Pequeña Guía de la Gaturbe; La estrategia del Sueño; La Guía Ne(c)sia; Cabía una vez; Un auto en dirección hacia; Operita de Corazones; MALDELMEIL. Dirige la colección de poesía para personas niñas Los Libros del Lagarto Obrero, de Editorial Maravilla. Álbumes de música: Pequeñas Canciones de la Gaturbe; La Friontera en Directo; Wapner LivEuzkadi; The Huescats Concert; Bararad; Monotemas. Desde 1998 vive en Israel con su compañera, la artista visual Ana Camuso.

Poemas

1. Ustedes, permítanme.

2. ¡Pero, ustedes, fusiles!

3. La mano, la cabeza: volaron.

4. Un pedal, para completar el cuadro.

5.¡Taladro, ralento!

6. No es amable, no quiere responder.

7.¡Y el frío del alma!

8. Estràbico, mío.

9.¿Con quién te vas?

10. Luna detrás, por si sueña.

1. Siento una blandura más abajo de las coordenadas usuales.

2. Hago una fuerza que resbala.

3. Y si hablo en "perdigón", no hago daño a nadie.

4. En cuanto al mentado "filo", que lo vengan a buscar.

5. Creado el hueco en la expresión "hoy".

6. No pienso arrancarme los ojos.

7. No siento el pensamiento vivo.

8. El fuego abierto: ¡a ver!

9. Valga el tubo un intruso.

10. Dios haga el trueque.

(De “El Ciclo Mardafón”, Caleta Olivia, Buenos Aires, 2020)

Dedicado está esta maraña de letras a un tío mío que más que tío era un pato y como pato que era tenía las plumas untadas de aceite, de modo que flotaba siempre sobre cualquier superficie y por consiguiente estaba prohibido bañarlo con detergente cosa que de todos modos se hizo y ahí se le arruinó la vida.

Cosas de viejos animales sucedían en el corral que venía a ser la casa de mi familia endonde si bien no nací hube de criarme junto a pollos, lechones, corderos, pichones de víbora, siendo yo depositado en el rincón de los reptiles por descubrir pero más antiguos que todos los limones que abundaban en la finca y que consistían en la única fruta comestible y que había que comer.

Cierta vez mientras me comía los piojos fui atacado por la vaca y sus hijos a causa de la alergia que profesaban y aún sostienen los vacunos a todo parásito que no sea garrapata, bestia sanguinaria que soportan con la mayor atención y que por el contrario son odiadas por los perros los cuales son capaces de devorarse su propia piel con tal de sacarse esos monstruos de su vida.

En la escuela entrenábamos toda clase de alimañas unas ya caminando otras reptando gateando otras todavía eran huevos a los cuales tomábamos de punto y pateábamos en nuestro fútbol que consistía en embocar en el arco de uno que defendía en cuclillas aún sabiendo que su posición era indefendible y dos por tres un huevo hacía blanco en un ojo y en el ojo era que el pollo nacía.

De la miseria del atuendo en que viví no queda más que un cuerno ornamental que sirvió alguna vez como mástil de mis trapos que iba renovando a medida que dejaban de existir, habiendo de pasarme épocas de puras hilachas con las que debía enfrentar no obstante a las manadas de camellos en las cuales militaban mis antiguos amigos del jaulón. egresados junto a mí de la escuela elemental para burros, aves y otras bestias sin especie.

De qué materia están hechos los pavos, las batarazas, las mulas, los escuerzos, las monas, nunca me pregunté, aunque conozco la pasta íntima de gran variedad de materia viva a la que acostumbro a honrar desde que nací, porque no me alimento de otra cosa que de aquella pulpa variable de las almas que en pena piden asilo en todo cuerpo viviente, se encarnan por acuerdo o a la fuerza y al final son echadas a la calle en donde echan a correr para saltar sobre cualquier especie que se mueva y allí estaría yo.

Nosotros perseguimos a los monos y los monos se montan a los perros y los perros corcovean y dejan por el suelo a los jinetes, caderas rotas, varias lesiones que descubren a tales monos como falsos, monos disfrazados de monos, pero los perros también actuan de perros y nosotros de nosotros y así nos damos corte en el corral, sobre la paja, a orillas del barro, a metros del tambo, en donde trabaja la vaca mala, dando leche a la fuerza, a pesar de que hace tiempo que no tiene mamón.

Cuando la cola del potro ficticio se tensa por obra de manos que se dejan arrastrar al galope sobre pampa rasa, lastimado por abrojos, herido por cardos y puntas de cuchillos olvidadas por matreros en fuga, por quién, por qué, mordido por vizcachas, picado por abejas, taladrado por chimangos, quemado or el sol, el que va tendido sabe que hay formas de morir que mejor sería enterrar.

Eran más felices los pollos que los patos, aún famosos ardían en brasas, crujían en las quijadas de un can, que luego gemía en sueños, despertando al gato, a la araña, al asno, al erizo, al cordero, a los patos por fin, que hacìan alboroto, por nada, por un poco de ruido, por un rumor en cadena, último estertor de los pollos, en boca de un perro, así eran los patos, que nunca estaban contentos, siempre alguna cuenta pendiente.

Cuando trotábamos por nuestra vereda nos pasaban los rinocerontes, las aveztruces, las jaurías de dingos, las manadas de antílopes, los gatos que perseguían palomas, las torcacitas, la mar en coche nos pasaba por encima y comenzábamos a nadar para arriba
para alcanzar la superficie y comprobar que en efecto habíamos quedado últimos por obra y efecto de las trampas que no habían jugado la masa de animales que en tropel inventaban competencias por el sólo gusto de humillarnos.

Vamos a arreglar cuentas con las chacras que escudadas en su bajo perfil escondían bajo tierra tubérculos que nadie había visto pero anunciaban a cada rato la venida de la papa de oro, la batata imperial, la gran remolacha del cielo, y sólo recibíamos pepitas, pepitas de papa, o los restos de la comilona que por debajo se daba la fauna subterránea, compuesta en especial por anélidos y otros apellidos más oscuros.

¿Qué hacían cuando los llamaba la marta, o cuando el geko los ponia en caja, o cuando el mandril les daba un chirlo, o cuando el erizo les tiraba un petardo, o cuando les olía el traste un pangolín?

Se escondían detrás del uro,
le insultaban para que bufe:
PARA QUE EL URO SE HAGA EL CABRO

(De “Carga, Adelante, Vamos”, Neutrinos, Rosario, 2019)

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