Flor López

FLOR LÓPEZ

Villa Mercedes, San Luis (Argentina), 1988.

Tiene 32 años. Actualmente reside en la ciudad de Córdoba. Es poeta, tallerista de escritura y docente en la Facultad de Artes de la UNC. Es Lic. en Comunicación Social y Magister en Antropología Social. Publicó los libros de poesía: Poemas para ser leídos sin camiseta (2010), La perspectiva de los peces (Ed: diezmilcosas editora, 2013) y Contorsión (Ed: Caballo Negro, 2017). Actualmente prepara Pulseaditas (Ed: La Mariposa y la Iguana). Los
colores de rio
(inédito). Lo Común (en proceso de escritura). Fundó y dirige en Córdoba la escuela de escritura creativa El Brote. Esta escuela está orientada a construir formación específica en poesía y narrativa en la ciudad de Córdoba. La institución mantiene talleres presenciales anuales de diferentes niveles, al mismo tiempo ofrece talleres intensivos específicos con artistas de otras provincias.

Poemas

Recuerdo de chica estar con mi viejo midiéndome los brazos
a ver quién tenía
más músculos, juntos
jugábamos a las pulseaditas,
así se decía en esas épocas.
Apoyábamos el codo en la punta de la mesa
hasta que sentíamos el hueso tocar con la madera,
nos dábamos la mano en un gesto fraternal
y empezábamos a hacer fuerza.
Cada uno tiraba para su lado
para vencer así
al brazo enemigo.
Esa es una imagen que hoy tengo.

Después en la escuela
yo también quería medirme los músculos
entonces les proponía al resto de mis compañeros.
Las chicas no querían competir, pero Fernando sí,
aceptaba pelear con chicas sin que importara nada.
Eso era un gesto noble para mí.
Después supe que en realidad Fernando gustaba de mí
pero también quería
medirse los músculos conmigo.
Sin embargo, eso a mi no me alcanzó como para gustar de él.
Como esas historias de los varones que se enamoran de las nenas
que les gusta el fútbol, como a ellos,
entonces piensan que pueden jugar o hacer cosas con ellas.

A mí no me pasó,
no me alcanzaron los músculos redondos y bien formados de Fernando
si su gesto noble
ni su voluntad escandalosa de enfrentarse conmigo
para gustar de él, pero quería verlo,
agarrar su mano transpirada y doblarle todo el brazo hacia mi lado
y que cayera rendido, con el cuerpo exhausto
de tanta fuerza puesta en sacrificio.
Un día en el recreo lo reté a Fernando a enfrentarnos en una pulseada.
Luego de una fuerza desmedida
que inflamó todos los músculos de mi cuello, gané yo.
Fernando enfurecido no lo pudo soportar

y me corrió por toda el aula para pegarme.

Pero en ese momento yo creía que era la más fuerte del curso.
Me agarró contra la pared,
mientras el resto de los chicos entraban y salían
y yo no tuve miedo porque sabía
que mis brazos musculosos eran
los más fuertes del curso.
Así que lo enfrenté y le hice comerse las ganas de golpearme.
Esas son también las imágenes que tengo
cada vez que pienso que puedo algo
que no puedo algo
que yo soy fuerte,
incluso más que papá.

Pulseaditas, La mariposa y la Iguana (inédito)

Adentro de un vestido entra
el mundo entero y también entra
una amiga que le gusta mucho la tela de tul.
Adentro de un vestido, cosido a mano y con moldes,
entra una rodilla con cascarita raspada en la vereda
cuando corría 100 metros llanos
para mostrarle a mamá
lo rápida que podía ser.
Entra también mi brazo y mi cabeza de rulos
con el pelo atado para atrás bien tirante y el colín
que sostenía toda la maraña detrás de mi cabeza.
En mi vestido azul entraban los muslos de mis piernas
más grandes arriba que abajo, por tanto correr en el club.
Pero también entran las ganas de mi hermano de apropiarse de él,
la necesidad de mi madre porque lo mantuviera
limpio y cuidado
y los parches que otros le ponían
para que todo lo que yo hiciera con eso
se pudiera tapar.

Pulseaditas, La mariposa y la Iguana (inédito)

Con el cuerpo confundido en la arena y la luz que baja lentamente por el costado
del           
                                                                                                                horizonte puedo ver
como el mar se va o desaparece cada tanto, es como si no estuviera o me pregunto
dónde estaba cuando desperté. No sé, qué está primero. ¿el mar o la pregunta?.
En esta parte el agua es media roja o la arena hace que el mar se vea rojizo, con un color
casi cobre que aceleradamente va cubriendo toda la superficie. Lo observable
queda chico manifestando las preguntas que aparecen, sólo con la mirada o la atención
puesta ahí perforando esa coraza de caracoles. Me despierto y es lo primero que veo:
una piedra maciza compuesta por miles de caracoles
de distintas formas y colores apelmazados,
y no puedo más que recorrer la árida fracción que marcan
ese conjunto de pedazos,
lo vivo, lo muerto, lo olvidado, todo puesto al descubierto por el tiempo que demore
la                  
                                                                                                                      marea en
volver.
No sé que hace el tiempo, es tan intermitente la forma en que va y viene en mi, sobre todo
estos días dónde el descanso protagoniza nuestras tardes y respiramos
un aire nuevo cada día.
Cascais, Belén, las rutas interminables pero también ese deseo de nombrar cada lugar
como nuestra casa, un refugio prematuro que convertimos, día tras día reconvertimos. 
No sabemos a dónde irán a parar estos pedazos, ¿acaso no estamos hechos de
pequeñas   
                                                                                    cosas perforadas que se van
juntando 
al azar y quedamos? No lo sé
Tampoco sé qué viene primero si el mar o la pregunta 
o un conjunto macizo que aparece de repente frente nuestro y sin pensarlo perfora ahí
con los colores divergentes, con las preguntas que no podemos saber ni contestar. Ahí
anclando 
lo vivo, lo muerto, lo olvidado, todo al mismo tiempo 
como un surco inesperado pero hermoso, reluciente
que permanece incluso con el viento.
Pero ahora, ¿cómo podemos desprendernos de ello? ¿qué haremos con estos pedazos 
                                                                    que vimos que el mar no se llevará y que tan
sólo 
los hará desaparecer por un tiempo en nuestra frente?
Preguntas, preguntas, entonces,
como una sinfonía misteriosa
su voz resuena en mi pecho, me calma diciendo que todo andará bien que            
                                                                                                                 podemos hacer 
adornos, algún arreglo, un decorado y ponerlo en un museo casero
o ver como entran y salen desorbitados los bichos por los agujeros 

que podemos, que sólo son caracoles haciendo juego con todos 
los colores diáfanos que existen. Entonces, el viento
cálido nos despierta, agita de nuevo el final de esa tarde
se muestra el último rayo de sol que hace
pie en los caracoles indiscriminados ya por el mar rojizo que los cubre y levanta
la marea hacia nosotras,
y con gestos sublimes nos indica que es hora
de marcharnos, de juntar las partes y marcharnos
de la mano a casa. 

 

Lo común, inédito

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