Franco Rodríguez

FRANCO RODRÍGUEZ

Santa Fe (Argentina), 1993.

Soy Franco Rodríguez y nací el 25 de diciembre de 1993 en Santa Fe (Por lo tanto, me gustan mucho la cumbia y la cerveza). Tengo 26 años, soy profesor de Lengua y Literatura y estudiante de la Licenciatura en Letras de la UCSF. Asisto a talleres de teatro desde los 15 años y de escritura desde los 18. Desde el 2016 formo parte de la organización del Slam de poesía oral de Santa Fe. En 2019, la editorial independiente Legüera cartonera me publicó un librito: Encender una bengala furiosa. Este año, en el marco de la pandemia, comencé a dictar mi propio taller de lectura y escritura.

Poemas

no era un campo de magnolias
Yo caí en esa zanja
con triciclo
y todo
y me quedé ahí
y ahí
nací.
Yo no salía de la tumba
las paredes de barro adornadas
de perlitas rosadas
huevos de caracoles
huevos de sapo
huevos de caracoles,
tocar las paredes implicaba llenarse los dedos de verrugas,
los caracoles nacen con una casita para siempre,
no vienen con un repollo bajo el brazo
como yo
como yo.
Yo no despegaba los párpados
una sola lagaña negra los cubría por completo
pero miraba a través del viento
y supe
que la calle está muy lejos
que es empinada
y que hay caballos azotados por la brutalidad más lacerante
y desde acá se ve el sonido de su piel al cuartearse.
Los caracoles nacen con una casita para siempre
pero nacen conmigo
acá en la zanja
en la basura
en los escupitajos.
Yo robaba
las hojas de los tréboles en el agua estancada
y les daba débiles mordiscos
a veces también comía esponjas muy usadas
todavía con leve gusto a detergente marca Gigante.
Yo me arrancaba las pestañas para poder dibujar encima del agua.
No había mucho para hacer
sólo se podía sentir el murmullo de las plantas tan trémulas tan frágiles
en el sol suicida de la tarde yéndose.
Los caracoles nacen con una casita para siempre
y hay alguaciles dando vueltas,
Una pátina de musgo me crece en los brazos,
en las grietas de los codos
y todo un ecosistema de estreptococos y bichitos luminiscentes habitan en mi espalda y
cantan a rabiar
cantan a rabiar cuando gana Colón
cantan a rabiar cuando suena esa cumbia
cantan a rabiar cuando destapan el porrón
cantan a rabiar cuando logro levantar el cuello
y justo vos pasas volando en bicicleta como E.T.
tan diáfano
en la pupila de un dragón.
Vos nunca mirarías a los insectos fijamente.
Yo nunca aprendí a andar en bicicleta a tocar la guitarra a cantar afinado a sostener la
mirada a sonreír en las fotos familiares
Yo sólo sé escuchar el secreto de los árboles más viejos.
Los caracoles nacen con una casita para siempre
una casita prístina
cristalina.
Nosotros tenemos que buscarla
y quizás
si tenemos suerte
podemos encontrarla
en el fondo
de una zanja.

Una noche
de mucho escabio
mirábamos las estrellas
y de una me di cuenta
de que el cielo es la nada
y se lo digo a Flor,
le digo
que el cielo es la nada
que no está arriba
ni abajo
sino que es algo que nos envuelve
pero a la vez no,
porque no es ‘algo’,
el cielo tiene su color oscuro
porque es la nada,
es el infinito
no se lo puede tocar,
no está ahí.
El cielo no existe.
Flor me da la razón y me dice
“El cielo es una promesa inalcanzable”
y yo me quedo en silencio
y de toque pienso en la muerte,
en la imposibilidad
de encontrar consuelo
para quienes no creemos en Dios
y sabemos que nunca habrá reencuentros.
Le doy la razón
y después de un rato, también repito
“Sí, el cielo es una promesa inalcanzable.”

Todos los pájaros van a morir
en 20 años
nos dice Maca
ahí entre las cañas
y la arena húmeda,
y nosotros,
Mati, yo,
chupando vino
fermentando al sol rosado
de la tarde,
quizás
tratando de no pensar en nada
o capaz que en cosas menos tristes,
pero yo
no puedo evitar
imaginarme
qué pasará entonces en 20 años
si yo estaré triste en 20 años
si estaré pelado en 20 años
si recordaré este momento en 20 años
si seguiré estando en las vidas de Maca y Mati
si seguiré vivo.

El viento me trae de vuelta al presente,
se lleva el filtro improvisado por Maca
y nos reimos
-y en el fondo de su voz habita un pájaro -.
Hacemos una casita entre los tres,
y nos miramos
los dedos del Mati armando un finito,
-y en el fondo de sus ojos duerme un pájaro-,
yo deseo
que este calor
nos envuelva siempre,
que el tiempo
nunca pase.

Una calandria se acerca volando
y se queda
un rato largo
al lado nuestro,
nos mira
y trina un poco.

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