Gina Saraceni

GINA SARACENI

Caracas (Venezuela), 1966.

Investigadora, crítica, poeta. Doctora en Letras. Profesora asociada del Departamento de Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Profesora Titular del Departamento de Lengua y Literatura, la Maestría en Literatura Latinoamericana  de la Universidad Simón Bolívar de Caracas (1994-2016). Editora de la Revista Cuadernos de Literatura  (Pontificia Universidad Javeriana).Sus áreas de investigación son: teoría crítica y cultural, literatura latinoamericana siglo XX y XXI, poesía venezolana contemporánea, literatura de viajes, ficciones de la memoria, biopolítica. Autora de los siguientes poemarios: Adriático (Editorial Javeriana, colección de poesía, 2021 (en prensa).  Lugares abandonados. Antología personal, (Medellín: Editorial Eafit, 2018); Casa de pisar duro (Ganador del XI Concurso Transgenérico de la Fundación para la Cultura urbana 2011); Salobre, la Bienal de Coro “Elías David Curiel”, mención Poesía (2001); Entre objetos respirando, (II Concurso de Poesía “Víctor José Cedillo” 1995). Ha traducido al italiano a Rafael Cadenas: L’isola e altre poesie, (Roma, Ponte Sisto, 2007) y a Yolanda Pantin: I bassi sentimenti, (Roma Ponte Sisto, 2008); al español a Alda Merini. Aurora también de las siguientes antologías: Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX. Valencia: Pre-textos, 2019; En-obra. Antología de la poesía venezolana contemporánea (1983-2008) (Caracas, Editorial Equinoccio/Papiros, 2008). El verde más oculto, Antología poética de Fabio Morábito, (Caracas, Fondo editorial La nave va, 2002)

Poemas

El amanecer llega a la casa lentamente.
Nada quiebra el silencio que queda de la noche.
Solo se oye respirar a los insectos.
El padre y la madre desayunan.

El padre muerde el pan duro,
lo moja en agua y aceite
come la harina espesa de la guerra.

La madre, en cambio,
prefiere la avena y la manzana,
hechas arena al tacto de su lengua.

Ambos comen la corteza
del tiempo que se acaba.
Ese ser dos en la vejez,
aferrados a un ritual
que les devuelve los primeros
paisajes de sus vidas.

Ese ser hijos de lo mismo,
del mismo pan duro que mastican,
sin que la miga ceda
al diente que la muerde.

*

El niño quiso llevarse el mar a la casa
y comprendió que a la marea hay que dejarla ir.

En la renuncia se ama más cerca del amor.

Capra di San Nicola

Una cabra silvestre
pasta entre las rocas.
Perdió el rebaño
en medio del Adriático.
En equilibrio sobre la piedra,
rumia frente al mar.
Solo se escucha
la desmesura de su
balido, la tristeza
de su garganta abierta.
Tierra de cabras
llaman a esta isla
de altos acantilados
y animales huérfanos.

*

Gran Roque

Nos acompañaron los perros
cuando subimos
la breve montaña
del Gran Roque.
En el camino,
esperaba que apareciera
la cabra de San Nicola
que era también esta isla
donde un faro envejecía en la cima.

La poesía crea archipiélagos imposibles.

El mar nos rodeaba por todas partes.

Un cactus enterraba
sus espinas en el viento
y era un coral-cerebro
esa planta que veíamos
al subir.
También los perros
estaban en todas partes,
como el agua.