Julián López

JULIÁN LÓPEZ

Buenos Aires (Argentina), 1965.

En 2004 publicó el libro de poemas Bienamado (Carne Argentina). En 2013 la novela Una muchacha muy bella (Eterna Cadencia Editora) que fue traducida al neerlandés, al francés y al inglés y publicada en Holanda (De Bezige Bij), Francia (Christian Burgeois Editeur) y Estados Unidos (Melville House). En 2018 salió la novela La ilusión de los mamíferos (Penguin Random House) que desde 2020 integra el Mapa de Lenguas y se publicará en España y América Latina. Acaba de publicar Meteoro, libro de poemas (Penguin Random House). Integra diversas antologías de relatos, Estilo libre (Loqueleo) y Golpes, relatos y memorias de la dictadura (Seix Barral), entre otras. Desde 2006 codirige el ciclo de lecturas Carne Argentina, dicta clínicas de obra de narrativa y poesía; es docente de la carrera Licenciatura en Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Es director de Transurbana, la colección de narrativa de Libros de Unahur, editorial de la Universidad Nacional de Hurlingham.

Poemas

Qué era, entonces, la belleza
un hilo que me ataba la mirada
a los que habías visto
a lo que habías querido.
Qué era, entonces,
un hilo que anudaba la fidelidad
el plan para atarnos con certeza
no volarnos en el viento del espacio
porque la especie es frágil
porque las tribus están amenazadas
el fuego arrecia.
La belleza era estar una a otro
todos anudados, el hilo de entrenos
en cada sitio, un lazo tremendo
de una en otra, qué era, todos, la belleza.
Ahora estoy acá, lejano del origen
el borde en las plantas de los pies
(todo raspa en este lugar, qué hermosura)
parado en esta sombra que es la experiencia
después de tanta lealtad, un poco cansado
de serte fiel
animado, un poco,
al planeta
aterrado porque al fin soy de la Tierra.
Qué será, entonces, para mí,
la belleza.

*

Ahora que la luz empieza a irse antes
como si todo fuese una cinta
que se mueve tan de a poco,
ahora que el anochecer se adelanta
se mete en el cuerpo y vuelve el impulso
automático de cerrar un poco las ventanas
de acomodar los libros sobre la mesa
porque es el fin del verano y no da igual
que las hojas se abran con la brisa
que se arqueen las tapas y muestren
los círculos del vaso transpirado
como los círculos de pasto quemado
que dejan los ovnis en el patio de atrás
de las casas de provincia.
Ahora que quiero dormir, pienso en sopa
y trabajo frente a la misma ventana en la que ayer
era el verano y las golondrinas surfeaban el aire
y volvían a desbarrancarse y a aguantar
la respiración hasta emerger otra vez
a la marea de esa fiesta.
Aunque ahora trabajo y me miento
me digo que no estoy mirando alrededor
a través las ventanas, que estoy tranquilo
me digo, que trabajo, que no miro de reojo,
que no las busco apenado cuando voy al cuarto
y paso por el ventanal del pasillo
en el momento en que una peripecia casual e imprevista
-ver volar a un aguilucho en el cielo de Constitución,
cerca del río-
me detiene frente al vidrio y quedo definitivo
mirando al aguilucho que se pierde y se abre
todo lo que tienen de cielo estas ventanas para mí,
vacío, lleno de congoja,
busco en el almanaque, pienso en fechas
que es pronto, que falta para que tiren de la cinta
y para nosotros quede del lado gris
entonces me pierdo en los retazos de este día:
cuando salí me asombraron los manchones
de hojas sobre la vereda, pero me distraje
me entretuve como siempre, escuché canciones
pensé en todo lo que no pasó, en lo que pudiera,
y me distraje como siempre y había sido feliz
sin que me diera cuenta y ahora deben estar
velocidad crucero rumbo a su casa en el Norte
porque no las veo, porque tal vez se fueron,
porque deben de haberse ido adentro del verano
todo el verano en que fui feliz por los pájaros
y me distraje. Me distraje.

De «Meteoro», Literatura Random House, 2020.

Quedó en las nubes tormentosas como cumbres,
ahí donde antes estuvo sobreimpreso el arco iris,
un resplandor extraño.
Ahora miro el cielo radiante como mira el marinero
-sostenido nada más que por la pobre tabla,
un trozo del imperio en el que desplegó
la insolencia tempestuosa de los jóvenes que se hacen a la mar
y ató y desató nudos en los puertos
nudos sobre las olas
nudos de distancia con sus amantes varones
nudos con sus novias-
el barco como una panza peltre que se hunde en el océano
y no dice nada.
El océano no dice nada y tal vez sea, él mismo,
otro resplandor de lo inmanente
que se mete en la mirada de los hombres
campo traviesa de la luz incomprensible.

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