Ale Paiva

Bahía Blanca, 1989

Poeta, performer y realizador audiovisual. Creció en Punta Alta y vive en La Plata. Profesor en Artes Audiovisuales y docente de Producción de Textos (FBA-UNLP). Publicó el fanzine El mar de la memoria y la plaqueta artesanal Supersticiones de Puerto Rosa. Integra el colectivo de videopoesía Proyecto Trilse. Forma parte del elenco de radioteatro Plástico Cruel en el programa radial Polésbica en el Bar (Radionauta, La Plata). Ha realizado obras multidisciplinares donde cruza poesía, música barroca en vivo, video y performance drag queen.

 

 

1-
Untuosa manguera
comprimida
por el óxido
del polvo de la carcoma
que entra
por el hígado
y lo hincha
las pelotas
de esa larva preciosista.

Por dentro,
por la cincha
de la cabalgadura,
dibuja círculos
soterrada
de furia
la turra de la ruina.
Se tuerce y se retuerce
el metal
en la tenaza,
dúctil,
apretada
la mano traspirada.

soy un cuerpo del barro,
del bardo,
naciente de una chapa
calentada por el sol.

 

 

2-

Jugamos
a la escondida
en el barrio
con los chicos
está prohibido
abrir los ojos
sin terminar de contar
y dar besos
en la boca
en la oscuridad
de la boca
abierta para decir
esa palabra que no
pude entender
pero no
en otras partes
del cuerpo
que arden caliente fuego chimenea
rayo blanco parte
al Nico en dos
esa zona blanda
santa
para mí
que eso es todo
una mentira
un embarazo por un beso
un contagio
si da
que toque
de toke
para mí lo silencioso
y todos mis compas
corriendo lejos
del farol de la luz

 

 

3-

Invertido el balde
también puede ser pollera.
Si obviamos el trabajo, la fuerza, el sudor
la explotación, el hambre, el esfuerzo,
los llantos.

Tengo un corrimiento en la columna.
La presión de la suma de las fuerzas
que ejerce el peso sobre mis brazos:
ladrillos, vigas, machimbre, arena, cascote.
Tu decisión sobre lo que es
mi cuerpo,
tus formas prefabricadas
para mí,
mis fantasías escondidas en un pozo
ciego.
Tengo un corrimiento:
albañil marica perdida en una ciudad de militares

no necesito torcer la lengua para decirlo

 

 

4-

Ahora bajamos

las calles que faltan
para llegar a tu casa,
más allá de la 32.
Plaza Italia es un gran punto blanco,
el sol cae de punta
sobre las cabezas de lxs desprevenidxs
por el finde largo.
Las que nos quedamos
sin respuestas
ante tanto tiempo
acumulado
entre los pasos que nos llevan
de una habitación a otra de la casa,
estamos mudas,
viajamos en transporte público.

El colectivo se llenó de gente,
aprietan
con sus cuerpos las cosas,
el espacio se contamina con volúmenes,
proyectan la mirada:
inquisidora, vacía, aciaga

Se preguntarán por nosotras
como nosotras por ellas,
esa distancia
tan imprecisa
de lo opaco.

 

5-

Arroz blanco

Y mamá dijo:
la mesa está servida.
Tres platos para cuatro
comensales amuchados en la mesa.
Bultitos de arroz con perejil, los ojos
de mamá clavados al cristal
de la ventana, afuera
una lluvia tenue y sol
¿No tenés hambre?
Las gotitas resbalan sin sonido,
una gotera
nos trae la lluvia
al interior de la casa.
En la escuela me enseñaron
que cuatro y cuatro
son ocho,
pero sin escuela no hay comedor.
¿Estará pensando
en los condimentos,
en la cocción,
en los sabores para romper
el blanco tan blanco del arroz?
¿Estará pensando en que
cuando llegue papá, tal vez,
cansado de poner
ladrillo sobre ladrillo,
tal vez el brillo del arroz
y esas chispitas verdes
lo remuevan de emoción?
De la gotera una gota llegó
al ojo de mamá y calló.
Te dejé un poco, ¿querés?
Un plato,
dos para comer.
No tengo hambre,
gracias, mi amor.

 

6-

Caja de herramientas

Tomé la caja de herramientas de papá
tiré todo lo que la llenaba:
los tornillos, las plomadas, las tenazas.
Limpié el polvo, el óxido
que hacía crujir las cerraduras.

La pinté de rosa
con algunos firuletes plateados
y la llené de maquillajes.

 

7-

Envidio

envidio a:
la gente
que puede
que termina
lo que empieza
que se maquillan
lindo
las que aman
sin rollos
los que no
aman

las que lloran
sin moquear
y con la misma
cantidad de lágrimas
por ojo

las que no
tienen miedo
las que saben
pelear y pegar
trompadas sin duda
los que no
tienen impresión
a la sangre
ni fobia
a los sapos

la gente
que baila bien
siempre, sin problemas
en cualquier fiesta
o que se emborrachan
y no vomitan
de toque
y pueden dormir
en cualquier lado
en la calle
la vereda
en un banquito
la puerta
del edificio
ebrios
los que no
piensan tanto
las cosas

las que saben
combinar la ropa
bien
los que tienen
libre el finde
y no tienen
que pagar alquiler
ni preocuparse
por el dinero
ni por nada
mas que bailar
bien siempre
y cojer y comer

a las extrovertidas
que pueden hablar
con cualquiera
en cualquier lugar

los que tienen miedo
pero lo disimulan
los que saben
mucho
las que leen
mucho
los que tienen
muchos libros
bibliotecas gigantes
que me gustan

los que hablan
con sus familias
una vez
por semana
y se rien
y parecen
felices
a veces
tienen recuerdos
de navidades y cumpleaños
desde chicos
todos verdaderos
y esas cosas
de familias

las que saben
hablar muchos idiomas
antiguos o modernos
y escriben todo el tiempo
los que son cool
todo el tiempo
las que no tiemblan
cuando todo el mundo
las mira

los que se quieren
los que no
se quieren
pero fingen bien

las que se abisman
las que se pintan
las uñas prolijamente
con ambas manos
diestra y siniestra
los que pueden
escribir relatos
largos
novelas
los veganos
las mochileras

los que viajan
por todo el mundo
como si nada
sin esfuerzo
los que hacen cosas
que no saben
sin pensarlas
demasiado
los que pueden
dormir
un monton
un monton
un monton

las que no
se van de tema
o procastinan
constantemente
como modo de vida
porque en realidad
no pueden concentrarse
en empezar esto
y terminarlo
sino que tienen
que dar vueltas
y mas vueltas
hasta que se marean
o se cansan

y despues la frustracion
y despues la desesperacion
y despues las ganas
de comer chocolate
para calmar el dolor
que se forma en el estomago

cuando estoy triste
miro el techo
y pienso
que fea es la vida

los que miran el mundo
y no sienten
una aguja
que atraviesa el pecho
y se queda
ahí
para siempre.

 

8-

La cuchara del albañil

Papá empujaba
el pedazo de pan con un sorbo de mate
mientras repasaba suave
la mirada en sobre el piso.
La luz era parecida a esta:
nubes como hilos azul oscuro,
rayos de sol brotando desde el horizonte
poblado de tamariscos.

Papá se sentaba
en una silla sin respaldo
para pasar los cordones
por las agujetas de sus botines
manchados con cemento.
La música eran los pájaros.

Papá lavaba su cara
en una palangana,
en el patio, con agua fría.
En invierno,
calentaba una pava
para entibiarla.
Ese era todo su lujo.

Papá primero corría
al lado de la bici hasta tomar envión.
Después, de un salto la montaba
y empezaba un pedaleo suave y pesado
en el que involucraba todo el cuerpo.

Papá abría
con la cuchara la masa
de cemento, cal y arena
para hacer la mezcla
para pegar ladrillos,
para levantar los muros
de futuras casas.
En el centro de la mezcla
hacía un agujero
y lo llenaba con agua.
Muchas veces imaginé
que eran las laderas de una montaña
transformándose en lago por una inundación.

Papá amasaba los materiales
con sus manos duras y ásperas,
las uñas irregulares,
las cutículas cortadas.

Papá mezclaba
el concreto con la ternura
con que una aguja de tejer
se cuela entre las lanas, las cruza
y engancha formando el punto
de un tejido que pronto,
muy pronto, será un abrigo.

 

9-

Ladrillo cerámico

Rojo como un labial
o la boca de Susana Giménez,
en los noventa, en la tele de la abuela,
que la miraba con religiosidad.
Como el esmalte que mamá usa,
pero se le descascara:
por limpiar nuestra casa y otras,
por el frío y la humedad,
por la angustia de las chapas y
el quilombo de los pendejos que no cesa
hasta tarde en la noche.

Económico, porque
el setenta por ciento del ladrillo es ahuecado,
atravesado por canaletas
longitudinales,
en las que escucho el viento que pasa y silva
cuando estoy acostado y el silencio
de la casa se expande
hasta entrar en mi cabeza.
– Recordé el peso y la textura
del ladrillo sobre la palma de la mano
sujetándolo mientras se hunde en el barril con agua,
suben las burbujas por el brazo
al humedecerse sus poros .

Económico como un vestido que mamá compró
una vez en un outlet
y dejó sobre su cama antes de irse
apurada a trabajar.
Entonces me lo puse
para ver qué onda, cómo me quedaba;
cómo era su suavidad al rozar mi piel
un poco seca por la cal y la sal.

Frágil. Por esto
se usa solo para cerramientos.
Tabiques divisorios
como los que construimos con papá.
Muros frágiles que intentan soportar la intemperie.
Paredes gráciles, suaves, ondulantes,
como la tela que mamá compró
para hacerse un vestido pero
ahora es la puerta de mi pieza.

 

 

10-

Mientras cogíamos con el chongo

Mientras cogíamos con el chongo
que trabaja en Astilleros
me acordé del día
de la concentración frente al Rectorado.
Salí del trabajo más temprano
y me pasee entre un cúmulo
de gente, banderas y pancartas.
Con estruendo llegó
un bloque en plena marcha
en el que gargantas de chongos enrojecidos
por la presión de la sangre
entonaban cánticos agerridos, sentimentales y furiosos.

Quise llorar cuando
alguien con megáfono dijo:

Nada más hermoso
que la unión de estudiantes y trabajadores.
Nada más hermosos
que la unión entre estudiantes y trabajadores.

Para que no me viera llorar,
ahora, empapado
por aquel ferviente amor
a lxs que luchan,
le enterré la cara en mi pija
mientras su masculinidad proletaria,
su piel tersa de obrero,
se retorcía sobre mis sábanas.

Nada más hermoso
que la unión de estudiantes y trabajadores.
Nada más hermosos
que la unión entre estudiantes y trabajadores.

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