Alejandra Mendez Bujonok

San Cristóbal, 1979

Vive en Rosario. Estudió psicología en la UNR, es escritora y productora cultural. Coordinó los ciclos de lecturas Poesía en los Bares, Poetas que leen a otros Poetas, Poetas del Tercer Mundo y las trasnoches del FIPR en 2010 y 2011. Coordina el ciclo de lecturas en la Biblioteca Argentina Dr Juan Álvarez y, junto a la poeta Vicky Lovell, el Área Letras del CC Atlas. Integra numerosas antologías. Publicó los libros de poemas Tarde abedul (2013) y Charlas con Cuchúa (2018).

 

 

 

de Tarde Abedul

 

Caracola

Tenían quietudes azules/sus ojos
cantábrica profundidad/marítima su alma
inaccesa/toda alma todo cielo toda vida/
caracola en movimiento.
Tenían la ductilidad de los vientos/sus vientos.
Me miraba su historia -abuela- como queriendo
salirse de usted.
De niña entendí/solo viéndola mirar/que todo
es un acantilado lejano.

 

 

De la manera en que me salvo

No uso reloj en la muñeca
(es triste el mundo de los ajustados)

No uso gafas oscuras de sol
(es triste el mundo de los escondidos)

No uso paraguas de la lluvia
(es triste el mundo de los protegidos)

Me salvo así
(o eso creo)

De pensar el control de los objetos.
De pensar la distancia de los otros.
De pensar que la lluvia es una maldición.

 

 

de Charlas con Cuchúa

 

Y desde el aire pude ver
el lucerío de las favelas,
era tan cierto que parecía cuento.
Tal como lo dijiste:
el mundo es una redondez
con puntitos lumínicos,
algo así como el Isondú
pero en gigante.

 

 

Todavía creo estar en una niebla.
A veces pienso que eso es el corazón del hombre,
un espacio húmedo, mecánico, que perdura lo justo.
A cada quien su estela oscilante,
a cada quien su pulsación matinal,
a cada quien su niebla, corazón.

 

 

Los nietos corretean poráhi
con un elástico tumulto infantil.
Los tempranos en el mundo
son alegres como los picaflores,
hiperbólicos con su zunzún,
sobre todo en el celo, y esa especie
de U universal.
Pobres bichos, tanta tala,
tanta tonta mano humana.

 

Te pregunto por la memoria
¡qué extraño gato zigzagueante!
Decime cómo veías vos nuestras cosas,
pequeñas o grandes cosas, eso depende.
¿Recordás la tarde que matamos al bayo
por pura picardía nomás? Me persigue todavía.
Pienso al trote en su caída, su pelaje, su temple,
el porte, el pecho de ancho río.
Ahí su centro, su gravedad, su brillo extremo.
Yo amaba acariciarle el anca.
Dicen que para cinchar un ancla del Titanic
llevaron veinte shire. ¡Qué animalidad
esa fuerza delantera y esa cosa sobre el mar!

 

Veo las nubes venir hacia mí,
cuelgan de la soga del aire como criaturas de lo eterno,
son chivitos, torres, ojos de víboras, malvones,
espuelas, jirafas, canarios o calles, según se necesite.
Y están lejos, lejos como aquella isla de vacas
que forma casi un cuadro. Paraísos
que bajan a la tierra
con la lluvia que tiene mi corazón. Hacia ahí vuelo.

 

 

Inéditos

 

Rhizanthella

Por los caminos del agua en busca del silencio
las máquinas son máquinas secretas.
Como una Rhizanthella, sin romper
jamás la superficie de la tierra,
florecen por lo bajo aquellos rayos.

 

El reloj de esta mujer

le anda como un galgo con rabia,
a veces
me quedo mirándola
y me recuerda a su madre,
a mi abuela lejana
como el acantilado. No es
de ahora que está enferma
su soledad viene
de siglos pasados. A veces
me quedo mirándola
y me recuerda a ese verso
de Katherine donde ruega
a dios para que sea él
quien endurezca su corazón.

 

 

Trece maneras de enfocar otro pájaro:

I
Fuego en las antorchas del pueblo.
Vomitan pescados (de su propio alimento)
las gaviotas insertas en ácido humano.
El olor supone ajenidad.
Busca en el ático, madre,
la cosa por la pregunta.
Que el picotazo es una alarma
y lo cercano se vuelve oscuro.
Que hay una tensión en el suelo
como si camináramos
sobre pájaros muertos.

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