I Acevedo

Tandil, 1983

Publicó los libros de cuentos Trilogía canina (2015), Jajaja (2017) y Late un corazón (2019); las novelas Una idea genial (2010) y Quedate conmigo (2017) y el ensayo Horas robadas al sueño (2018). Trabaja como editor y profesor de español y literatura. Vive en Buenos Aires desde el año 2001.

 

 

 

Diario de la borrachera

 

10 de noviembre de 2017

No saber los nombres de las cosas
no entender los pensamientos ajenos.
¿Cuántas formas de pensar tenemos,
cuántas formas de acercarnos
a descubrir alguna cosa familiar?
En la luz estamos bien
En las sombras podemos estar mejor,
al ver un reflejo que las hace
amigables.

 

18 de noviembre

Mientras imagino a mi nueva amante,
eso me lleva tiempo,
y el error sintáctico me aleja del dolor.
Me distraigo, equivocándome,
observando el trabajo de la vida y el azar.
Las páginas pasan rápido
el trazo es abundante.
El gato se limpia,
haciendo ruido y aspaviento.
Los cierres del buzo, de metal frío,
dan frío;
el herpes supura, tarda en secarse.
Querida sintaxis, no me abandones.

 

Miércoles

Estar en pedo.
Todos lo merecemos.
Ir al lavatorio en pedo
y encontrar
un jabón que dice: “Deja huellas en tu camino”.
Y por estar en pedo, tirarlo, sin querer
al suelo
y la jabonera
de porcelana
se salva de milagro
pero el jabón moralista cae al piso
y resbala:
grasa irremediable, caída de la moral.
Si no pudiera escribir esto,
con mis últimas fuerzas, racionales o no,
si mi nueva amante no fuera ella,
si fuera otra,
pero es ella.

 

12 de febrero

Estar en pedo es lo mejor que me puede pasar ahora mismo.
Y es, de toda la escritura de esta entrada,
lo que tiene una letra más o menos legible.
Por lo cual, lo reitero.
Estar en pedo es lo mejor que me puede pasar ahora mismo.

 

Hay algo de cierto

Como decía, estoy acá,
viva,
teniendo una experiencia feliz
con la vida y la soledad,
sudando en este cuartito,
tratando, como siempre,
de sacar algo de esto,
aunque en esta ocasión, confieso,
me está llevando un par de horas ponerme en tema,
sacarme del ambiente de la vida
para ponerme en el ambiente de este texto,
y es que empecé muy arriba,
prometiendo que tenía algo para decir, y hay algo de cierto;
iré llegando,
pasito a pasito,
encontraré el hilo,
el hilo suelto,
especialmente a esta hora
en que los mensajes del mundo se apagan.
Hay algo cierto en poder narrar cómo es estar sola
entre cuatro paredes,
algo que hasta el momento me parecía
tan natural,
y en realidad no lo es.
Y me doy cuenta de lo raro que es,
y se los quiero contar,
que, a causa de donde vivo,
que es el microcentro,
casi no hay vez en que esté escribiendo un texto
importante como este,
que alguna manifestación me motive
a salir de este cuartito, a abandonar esta tarea.
Qué suerte vivir en este barrio,
donde la vida siempre me saca a la calle.
Pero hoy llegué tarde a cualquier protesta social.
Estuve encerrado horas
sin escuchar música,
comiendo un pebete
y tomando la primera lata,
intoxicándome con tabaco,
escuchando la lluvia
que nadie escuchó.
Llegué a la casa preocupado por el gato
creyendo que se había peleado a muerte con Lindi
la nueva habitante
Y no podía creer que esto no fuera preludio del drama;
en efecto,
cuesta llegar a un episodio que no lleve por título
el sueño que tantas veces se soñó.
Me olvidé de decir algo importante:
quien les habla está enamorado otra vez.
¡Ah! Quiero decir tantas cosas.
Me tienen que salir.
Por eso aguanto acá sentado,
escuchando a los Pibes chorros y fumando,
y aguantando los rasguños y lloriqueos misteriosos de Lindita,
que ahora por fin se durmió arriba de mi pantufla-zapatilla celeste.

Sí, sé que empecé envalentonado.
Capaz lo que quiero decir es que me volví a enamorar,
aunque la piba que me gusta no me da mucha bola,
y hoy en concreto, no he tenido noticias de ella.

Pero estoy feliz de estar enamorado otra vez.
De hecho, este poema iba a ser, al comienzo,
una extensa carta para mi amada;
en concreto, una relación,
de por qué me parece tan hermosa;
pero he decidido enfocarme en algo coherente,
dejar de delirar, dejar de fantasear con su persona
abandonar la tortura de la imaginación.
Este es el resultado: un desastre de texto, que dedico,
con todo mi afecto,
a todas aquellas personas que han logrado enamorarse
por segunda vez.

Se va la segunda lata.
Hoy, aguantar este cansancio hasta medianoche,
hora en que la fuerza renovada de los murciélagos
aporta el aliento fresco
que hace que esta ciudad valga la pena de ser sudada
para sentir el frescor del aire y sentir, por fin, que el papel es libre
e, insumisa, haré lo que quiera con el tiempo.
Eso es lo que quería decir, algo así.
¿Se entenderá lo importante que es sujetarse a este tiempo?
Ya voy viendo, sí, lo pésima compañera que es la birra a la hora de escribir.

Di Benedetto también desgranó Zama, pienso.
Es impresionante que al final el libro sea un compendio
de oración tras oración,

Mi hipótesis es que el momento crucial de la novela
es el momento, al final de la segunda parte,
en que se tematiza de manera muy clara lo rioplatense de esta literatura
(que comienza, justamente, en un río).
Allí, el ingreso a lo fantástico se funde en el abandono de la ciudad rumbo al campo.
Alejarse de la ciudad, sí, alejarse, parece garantizar el
abandono de la razón
(como cuando Johny Depp se deja llevar por el río, en Dead man).
Por eso (¡por eso, solamente!) pensé en mi amada.
Ella es la que habita ese sueño tan increíble que soñé,
y que abre el mundo
a partir de hoy.
Ese sueño que me hace sentir que de verdad
tengo algo para decir.
Ella, real, de carne y hueso, tan material y espectral
como la pampa, ella debe ser, descubrí, tan solo ayer,
la persona que vive
en el edificio con el que soñé,
la persona
que está a punto de asomarse
a ese balcón.
Es
un edifico
en las afueras,
en el sur
de la ciudad.
Eso es claro en el sueño,
es claro y seguro como son los sueños. Y en el ambiente suena esa música…
en medio de ese espacio blanco, neblinoso,
tan platense, tan cercano al río.

¡Es ella! ¡Es mi amada!
Puedo verla,
y solo el aferrarme al sueño,
el querer vivir en ese sueño para siempre,
me retiene de dar un paso imaginario
y situarme enfrente de su balcón musical
para saludarla.

Pues estoy allí, muy cerca de ese balcón,
pero allí se termina el sueño.
Nada sabe ella de esto.
Y cuando empecé a escribir esto,
mentalmente,
el mundo se abría
a ese espacio concreto
de la ciudad,
ese espacio escapado,
blanco y neblinoso,
que en el sueño se respira como la liberación.
Ahora, encerrado entre cuatro paredes, me atengo a las palabras,
tratando de no darme cuenta de que me estoy internado
para siempre en esa historia,
y de una manera dolorosa,
perdiéndola.

Me privo ahora de ver una serie,
una película callejera,
hasta
de leer un libro me privo;
me aguanto la soledad, fea, linda y agradable,
la preciada soledad que me hace tan feliz.
Sí.
La verdad es que quiero estar solo.
Y aquella vez,
la vez que mi corazón se rompió en pedazos,
cuando creí que me iba a morir,
cuando deseé morir asesinado
por un ladrón de joyas,
cuando mi corazón dijo basta, aquella
vez, iba yo por la calle,
en bicicleta, y la vida divina me mandó
una señal muy clara,
porque me encontré, en avenida Corrientes y Uruguay,
con el Señor Lagarto, el cadete de motos que
lleva tatuajes de todo tipo grabados en el cuerpo y en la cara.
La calle estaba sola, previo a fin de año,
y yo no podía creer encontrarme con ese hombre,
un hombre que siempre me había
llamado la atención, desde que llegué a esta ciudad, encontrármelo,
tan luego, casi casi en la esquina de Banchero
encontrarme a ese personaje,
a ese museo vivo,
a ese monumento de la ciudad en el peor día de mi vida
(sí, el peor día de mi vida, peor casi casi tal vez que el 13 de marzo de 1994,
fecha de mi primera menstruación), y no solo verlo: saludarlo
y sacarme una selfie con él, su cara tatuada,
junto a la mía demacrados,
aunque sin preguntarle su nombre, que quedará
para la fantasía;
aquella vez sentí que podía pasar algo, algo más
en esta ciudad,
y poco después tuve ese sueño.

Era un sueño que me decía que yo estaba solo.
Caminaba por una calle, solo, llegaba a un edificio
y me acercaba a un balcón.
En ese edificio vivía una chica, que yo no sabía quién era.
Una chica que estaba sola en ese balcón, aunque yo no sabía bien
quién era,
qué hacía, o si esa chica era yo misma en el pasado.
¿Cómo es posible que un ladrón de joyas no me haya matado?,
me pregunto.
Y me obligo, firmemente, a olvidar a mi nuevo amor,
por varias razones, varias, varias, que es necesario
fijar.
Pero vuelve. Vuelve su cara, la veo asomada en el balcón,
hermosa
puedo decir, sin que, por necesidad de cambiar, haya
decidido no describirla.
Mi enamorada es una persona muy hermosa,
y puedo verla asomada en un balcón.
Ese es el comienzo de la historia.

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