Juan Carlos Moisés (Colonia Sarmiento, Chubut, 1954)

Poeta, narrador y dramaturgo. Publicó, entre otros, Poemas encontrados en un huevo (1977), Ese otro buen poema (1983), Querido mundo (1988), Animal teórico (2004), Palabras en juego (2006), Museo de varias artes (2006), Esta boca es nuestra (2009), El jugador de fútbol (2015) y la antología Conversación con el pez (2017). Reside actualmente en Salta.

 

de El jugador de fútbol (La Carta de Oliver, 2015)

 

Zorzales en los árboles

Hay zorzales en los árboles.
Están menos ocupados en buscar
lombrices para alimentarse que en llamar
la atención de los que habitamos el vecindario.
Es posible que la llovizna de Santa Rosa
los haya puesto en vena para hacer
el contrapunto. Lo justo es decir que esas
voces con procedencia pero sin nombre
propio se encuentran a unos pocos metros
de distancia y que ignoramos si sólo
cantan para ellos, por placer, o el macho
para atraer a la hembra, o si también,
por algún motivo, cantan para nosotros,
o para otros que no pueden oír porque están
lejos y no saben, nunca sabrán, que alguien,
en algún lugar, canta para ellos.

 

Sixto Vera

El día empieza mejor con un buen desayuno
criollo, me dijo una mañana cuando lo vi
sorber por un agujero cascado con su facón
la clara y la yema crudas de los huevos
que levantaba de los nidos en la quinta.
Los empollaban a voluntad las gallinas
que no lo hacían en el núcleo cerrado
del gallinero. Me convidó. Cuando lo recibí
en la palma de la mano estaba tibio todavía.
Se lo devolví sin probar. Sixto Vera se mataba
de la risa. A mí me hubiera gustado ver,
como él veía, la cara que yo tenía,
para saber ahora cómo se ven las cosas
del otro lado de los años transcurridos.

 

Noticias de Francisco

Hace mucho tiempo que no tengo noticias
de Francisco Gandolfo (Rosario — 2008).
Para disimular su mudez releo sus poemas
“joviales” y sus cartas recibidas en el sur.
Lo vuelvo a ver de cara y cuerpo enteros en
sus palabras: toman forma sus ojos abiertos,
su boca, su lengua a punto de hablar; no sé
si es lo que es o si sólo es lo que espero ver.
No me gustaría ponerlo en el compromiso
de que haga algo en contra de su voluntad.
Me quedo con ese remordimiento,
porque si hay una marca no negociable
que siempre tuvo su poesía, del derecho
y del revés, es la libertad de hacer lo que
le daba la gana con el espíritu animado
del gran juguetón que era con las palabras.
Mis deseos de saber algo de Francisco
en sus días actuales deben de parecerse
al modo en que se convocaba al oráculo
en la vieja y siempre nueva Grecia. Horas
después recibí un correo tranquilizador
firmado con su nombre de pila. Venía
cortado en versos, con un título escrito
en cursiva: A la manera de Gide. Decía
—Tranquilos, queridos amigos, tranquilos,
no hay apuro aunque las papas quemen,
ya volveremos a vernos cuando sea
el momento. Entrarán todos a este parque
de diversiones, salvo los que en el otro
aún no hayan aprendido a reír.

 

Fuera del auto estacionado en la banquina

Entre Comodoro Rivadavia y Trelew,
en algún lugar de la Ruta Nacional 3.
No era lo que se dice una “Commedia”,
tampoco era simulacro, ni era representación.
Estaba con mis hijos en “mitad del camino”,
fuera del auto estacionado en la banquina,
de pie en la nieve y de espaldas al aire frío.
Nos habíamos abrigado hasta los ojos antes
de bajar, y no hablábamos porque era posible
que se nos congelara el aliento, las palabras.
A falta de sol, una especie de luz se suspendía
sobre los campos congelados de la tarde.
El chorro tibio, a temperatura corporal,
fue haciendo un hueco en la nieve.
La aureola amarilla avanzaba, concéntrica,
fuera del círculo polar y gradualmente
lo derretía sin que hubiera oposición.
Le devolvíamos a la tierra, paciente bajo
la masa compacta, una pertenencia en común.
Cuando, cada uno en lo suyo, terminamos
de arroparnos y caminábamos hacia el auto
con el motor en marcha y la calefacción
encendida donde esperaba la madre,
coincidimos en mirar trescientos sesenta
grados alrededor. Todo era blanco, y esa
luz precaria se desparramaba envolviéndonos
como el aliento de la respiración. Había algo,
además de la nieve, en ese lugar apartado, sin
puntos de referencia, que nos hacía mover lentos,
callados, como si aún nada tuviera nombre.

 

El puente de madera

Vuelvo a recordarte la noche clara
sobre el puente de madera, en el río,
donde habíamos parado el auto y oíamos,
en el silencio, el chapoteo del agua sobre
la que se veía el círculo de luz de la luna llena.
Lo que también vimos fue el caño de un fusil
que un muchacho con casco camuflado
bailando en su cabeza hizo llegar temblando
por la ventanilla hasta nuestras narices,
y otro, el que estaba a cargo del retén,
nos hizo bajar, disparó unas preguntas nada
amistosas y con olfato de perro gregario
requisó el interior del auto y el baúl.

Tantos años después, ahora que estoy
viendo desde el patio de casa un círculo
nítido de luz alrededor de la luna llena,
no me quiero olvidar de pedírtelo:
mi amor, siempre que te sea esquiva la alegría
quiero que recuerdes aquel momento, aquel
lugar, en una noche clara, estrellada,
sobre un puente viejo de madera
que ahora está abandonado en el río.

 

Los futbolistas nocturnos

En la noche de invierno, los futbolistas
salen de la cancha cubierta del gimnasio
en pantalones cortos como si no sintieran
el rigor de la temperatura bajo cero.
Transpirados, los buzos cuelgan de los
hombros o se enlazan en la cintura
y el vapor sale de sus cuerpos como
si un aura protectora los rodeara.
Hablan, comen¬tan pormenores del partido,
se alegran o se lamentan, y un vapor
escapa de sus bocas, se infla¬ma y esparce.
Uno prende un cigarrillo y lo pita, hondo.
El humo se confunde con el aliento,
el aliento con las palabras, y lo que se va
lo dejan ir en el aire, perderse en nada.
Los que ganaron están eufóricos,
los que perdieron se suben resignados
a los autos. Fue sólo un partido de rutina
pero algo hace mella en los derrotados
que quieren irse pronto a sus casas.
Aun así, en medio de la confusión agitada
de los ánimos y de la despedida, los futbolistas
siguen hablándose desde lejos, dicen,
gritan sus bromas, unos ríen a carcajadas,
otros callan, se prometen revancha,
arrancan los autos cuyos motores fríos
tosen por el caño de escape, aceleran
y se pierden, se desvanecen en lo oscuro.

En la vereda de enfrente, cerrando el portón
de una hoja que da a la calle, estoy abrigado
hasta las orejas con un gorro de lana tejida.
Hace tiempo que dejé de practicar ese ritual,
y aunque las cosas son como son, y deben
ser y serán sin más detalles que la evidencia
del tiempo que pasa para cada uno de nosotros,
pude verme en esos futbolistas noc¬turnos,
en el entusiasmo de sus cuerpos jóvenes,
y oír unas voces y risas que creía perdidas.

 

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