Laura Wittner (Buenos Aires, 1967)

Poeta y traductora. Licenciada en Letras por la UBA. Coordina talleres de poesía y traducción. Publicó los libros de poesía El pasillo del tren (1996), Los cosacos (1998), Las últimas mudanzas (2001), La tomadora de café (2005), Lluvias (2009), Balbuceos en una misma dirección (2011), Por qué insistimos con los viajes (2012) y su obra reunida Lugares donde una no está (2017). Es autora de libros para chicos.

 

Cómo hacer cosas con palabras

El zeide Aarón, en sus últimos años,
me compró el María Moliner,
el Simon & Schuster’s y el Garzanti,
y en el cauce ídish del porteño
con un beso y un abrazo, sentenció:
“No te entregues tan fácil”.
Do not go gently. Rabia y risa, y después,
cartas vía aérea con su letra trabajosa.
Y a la vuelta, almuerzos sencillitos
en el silencio austero de su departamento.
Se murió, claro. Yo ahora hago buen uso
de las palabras que se ocupó de conseguirme.

El zeide Leo, a mis ojos,
vivió entre pajaritos enjaulados
y máquinas de coser.
No me habló: pero puso mi nombre
en hilo rojo de bordar, en gran cursiva
en una bolsa de tela azul marino
que se ocupó de fabricar.
Él se murió; yo seguí usando
la bolsa unos dos años más.
El zeide Leo, entonces, dice Laura.

La bobe Elena: “Tu papá está grave.
Esa verruga es venenosa.
Es un secreto entre nosotras.
No lo fastidies”. ¡Mentira!
Cantó, jugamos,
me mostró qué tiene de importante
la forma en que la luz decide
atravesar cada grupo de hojas
en hileras de árboles,
me convirtió al chocolate de taza
y me mintió.

La baba Etia. ¿Qué palabras…?
¿Cómo armamos tanta cosa en siete años?
¿En qué tonos y voces?
Cruce fugaz, pero fulminante.
Sólo puedo citar: “No aguanto más.
Nunca voy a salir de este hospital”.
Yo huí por un pasillo blanco
oníricamente interminable.

 

Madre e hija

En la hora violeta
llegan los pájaros y empiezan los ensayos
de patinaje aéreo.
Se entremeten en múltiples pinos
o se apoyan en cables combados
donde nunca se logra el equilibrio
y hay que estar hamacándose:
un movimiento chico
como de flotador en el oleaje
pero entre pico y cola. Qué será
lo que les dice “ya”
cuando de a grupos zarpan
hacen su ronda al ras
y vuelven a su sitio sin jamás un error.
Qué habrá sido lo que hoy
cuando salimos a mirarlos
le indicó a uno de los grupos que debía
lanzarse hacia nosotras fulminante
y deshacerse por sobre el balcón
a la manera de un fuego artificial.

 

La niebla

En posición ante la pista de despegue
todo el espacio y la fuerza disponibles
y esas luces, la voluptuosa sugerencia
de que brillen aun de día, a los costados,
indicando el camino hacia el instante
del ultimísimo contacto terrenal.

Detrás el aeropuerto; más atrás
cierta formulación de calles
por las que se reparte lo que hubo:
delante algunos metros de visibilidad
y ya el inmenso borrón de la niebla.

 

Aerosilla

Flota sobre el silencio de maleza
prende un cigarrillito y va subiendo.
No existe más allá de ese chirrido
intermitente, del bamboleo mareado
en dirección al cielo. Los pies
en primer plano; no el presente
ni el futuro, ni nada. Sí los pies
que cuelgan, y también la roldana
que chirría, y el perfume caliente
de la maleza abajo, y el del humo
que la esconde y la acuna en su estrategia.

 

El peso

Que me pese el pelo. Eso para empezar.
Si no no sé quién soy, qué cosas pienso.
¿Cómo inclinar un punto la cabeza,
cómo encarar la luz con la presbicia
si no peso, si el pelo no me pesa,
y de ahí para abajo ya me hago traspasable,
ya dudo en consistir?
No hay forma.
No se justifica
la tendencia actual a sacar el volumen
porque con el volumen se va el peso,
¿no lo ven? ¿Y qué somos?
Livianos como pollos,
con el pelo erizado,
sin ancla, sin memoria,
como diciendo ¿doblo acá
o seguimos derecho?

 

Exhibición de atrocidades

Alguien pescó, cortó y dejó
en la orilla esta cabeza de pescado
unida simplemente a su intestino.
La veo y siento mi propia cabeza
cómo se continúa en la garganta
y más allá. Con el mar hasta el culo
se besa la pareja enamorada.
La joven pareja enamorada.
También estuve ahí, sí, claro,
¿quién no? Una mujer sin pelo
entra al agua con determinación.
Apelmazado de sal un perro suelto
olisquea por sorpresa la entrepierna
de una chica en bikini: “¡Salí,
perro de mierda!” (cito textual). Si tres
granos de arena secos son capaces
sobre la roca, al viento, de variar
en dibujos infinitos, ¿cuán atroz
puede ser la variación de esta escultura
que en arena dura y húmeda sugiere
un castillo, un torso femenino,
unas montañas, un circo, una frontera?
¿Qué se arrasa por dentro de los moldes
y convulsiona y en lo químico muta
mientras una tan campante veranea?

 

Jueves, noche

Mi hijo maniobra jugadores de básquet
en la pantalla, desde el joystick.
Mi hija pasea playmóbiles
en una vieja combi Lego
procedente de otra infancia.
Las luces están todas encendidas
y cada una cumple su función
porque enuncia otra tonalidad;
y todas juntas cumplen la función
de mandarme de gira a cada rato
a bajar teclas y repetir la antigua frase
la oración heredada: “¿por qué
dejan todas las luces prendidas?”.
Pongo música y lleno una botella
con el agua del filtro.
Cuando aparece el chisporroteo del aceite
doy vuelta una por una las batatas
porque no dejaré piedra sin mover
en la búsqueda del perfecto amor doméstico.

 

Las cosas oscuras

Pueden ser densas, con un núcleo profundo:
en ese caso pesarán toneladas
e irán depositándose
en los sucesivos subsuelos de la incomprensión.
O pueden ser ligeras, parpadeantes
capaces de interrumpir la luz
sin ninguna certeza: ni ellas saben qué contienen.
Como cuando mi hijo levantó la vista
de noche, hacia la ventana
y preguntó: “¿Ves eso?”
y le dije: “No. Sí. No sé. ¿Qué es?”
y me dijo: “Algo que está y no está
pero al menos lo ves vos también”.

 

Por qué las mujeres nos quemamos con el horno

La marquita roja la tenemos todas.
Acá en la mano izquierda, con la que escribo
está también mi quemadura de horno.
Si la miro muy fijo, sobre el radio
se me despliega en tres:
se me tridimensiona la muñeca
y entrecerrando los ojos pueden verse
la muñeca de mi madre, la de mi abuela
y, en un tirón hacia delante, la de mi hija
picada de mosquitos, pulida y ya dispuesta
a la marca de la rejilla ardiente.

 

Por qué cuando me gusta mucho una canción
tengo que imprimir la letra

La tinta me afirma sobre algo
y ya no creo que me haga tatuajes.
Más bien voy a entonar
leyendo de una hoja
acompañada por la voz cantante.
Así como pongo hielitos en el té
y los miro disolverse en su espuma
justo después de crujir y ceder.
Así como apoyo los pies
en el límite entre las dos baldosas
o sobre esta huella húmeda
que va secándose a medida que se aleja.

 

Kayak

Del largo día que pasamos juntos
rescatás, un rato antes de dormir
el momento en que llevaste el bote
hasta la salida de la playa
y al final me impulsaste y me alejé
remando con tus remos
las manos acolchadas por tus guantes
la luz menguada por la visera de tu gorra.
Te gustó, me decís,
esa «asistencia técnica».
Y yo, remando de regreso
vi tu pelo plateado y desbocado
asomando del agua marrón
como una luz de bienvenida.
¿Cuáles son tus leyes y cuáles las mías?
Eso siempre va a ser un secreto.
Nada funciona sino a los chispazos.
Chispa de pelo bajo el sol,
chispas entre remo y río,
chispas justo antes
de dormirnos.

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