María Lucesole

Lobos, 1988

Vive en Capital Federal desde 2006. Poeta, profesora de Letras, correctora literaria, editora y estudiante de Bibliotecología. Codirige la revista de poesía Campotraviesa y es una de las organizadoras del Festival Rural de Poesía de Lobos desde 2016. Publicó la novela corta Irse (2011), los libros de poemas Las plantas verdes de los veranos (2014), El primer color de la noche (2015), En todas las cosas la niebla (2016) y los diarios Flechas lanzadas desde ninguna parte (2017).

 

 

 

de En todas las cosas la niebla

 

Fui a una manifestación*

 

Fui a una manifestación y la sentía
cerca de mí, enfrente de mí,
dentro de mí.
Como un laberinto de gente
que es ella misma el espacio
que para los demás dejan sus muros.
Laberintos de árboles, de mármol,
de personas que se mantienen
todas juntas
formando figuras extraordinarias bajo el cielo.

Me senté entre la gente y la sentía cerca de mí,
miré tantas piernas y caras enfrentando al sol
mientras llegaba una música
que pareció estar ahí desde otra vida.
Algunos bailaron tristemente,
yo sentí que estaba ahí por retener la sensación
de la gente reunida,
con el temor de que alguna vez
pase a ser sólo un recuerdo.
El único temor, por cierto:
que la figura extraordinaria deje de armarse
y que cada laberinto pase a ser la marca interior
de un tiempo pasado de lucha.

Fui a una manifestación
y la sentí dentro de mí,
cerca de mí.
Enfrente de mí había músicos y lemas,
personas viviendo en lo importante,
¿queda otra opción? Temí,
no poder sentir más esa calidez
inexplicable y sin reemplazo
de los cuerpos abrazados
de los desconocidos.

Fui a una manifestación
y la sentía dentro de mí,
me atravesaba ese laberinto de gente
como el reflejo del sentimiento
de mi alma
que aún no conozco,
como el brillo de la luna en el agua,
me atravesaba la gente.

 

*Versión del poema “Fui al río”, de Juan L. Ortiz. 

 

 

Paisanaje

 

Me hago unos mates con yerba Playadito

qué ha pasado m’ijito, te han suavizado en demasía,

te han lavado en lo profundo pero ahí sigues nomás fielmente

como perro de paisano.

Día para ocuparse de la higiene personal, 

cargar el tanque y esperar

a que las gotas caigan lentas sobre la piel curtida.

Qué hago en esta ciudad, tarima de todo lo que se comprende

yo, que debería estar en la naturaleza.

 

Ayer fue de un aguacero fenomenal la tarde

todos hablaron de granizo, mientras yo vi

por la alta ventana cómo llovía de costado sobre las terrazas

y el pavimento.

Granizo.

Granizo es cuando cascotes helados

son arrojados desde el más allá hacia el campo

para despertar violentamente a la cosecha

para despabilar al ganado que sigue sin entender

de qué va su corta vida en los campos alambrados.

Más tarde atravesar el parque, dios santo mío

¿qué es esto? ¿qué es esta mentira

del tiempo y del espacio?

qué vienen a ser estos límites de rejas y cordones

si yo misma vi, cómo se iba encarcelando la parcela y cómo

el cielo quedaba cada vez más lejos de este cuadro decorativo.

 

Corto camino sobre el pasto embarrado,

formas para huir del lodazal

leí anteayer en un libro que tampoco enseña nada.

Primero la luz prepotente, el mundo blanquecino

y después, en seguida, el estruendo.

Simplezas, saberes de campo que se estiraron a esta zona.

Para no pisar los charcos con mis zapatillas de calle

camino por el cordón adoquinado que separa la cancha embarrada

del sendero encharcado.

Qué es esta mentira del tiempo

yo nunca estuve en otro lugar que no fuera bajo el cielo.

Enfilo para las casas: hospital naval, bar río

el kiosco del Indio que cada vez cierra más temprano

y ahí la reconozco: mi casa de la ciudad.

Dos trapos, unas vallas de madera sobre un pozo de gas,

un hombre desconocido que de traje me viene a abrir la puerta

¿es que estoy entrando en la muerte?

La lluvia otra vez allá al costado, mi casa a oscuras.

Cuando llegué a la ciudad

tocaba la pava del mate al entrar

para ver cuánto hacía que se habían ido.

Cuanto más fría estaba menos tardarían en volver,

Costumbres que perdí después de algunos años.

Yo, que debiendo estar en la naturaleza,

bajo en ascensor hacia la calle

y miro el cielo desplomarse

sobre un lago artificial.

 

 

Primer poema

 

A veces todo me parece de otro siglo:

las casas de tejas con enredaderas, las mujeres con bebés

cruzando la calle, los árboles sin hojas, el cielo de las cinco

en un pueblo de paso.

Como si todo hubiera dejado de existir hace tiempo

como si todo perteneciera a un pasado olvidado

y de las cosas sólo quedaran los conceptos que a veces recupero

asombrada, como ahora,

y cuando eso sucede me dan ganas de llorar

con una duración proporcional al tiempo

en que los conceptos tardaron en vaciarse de materialidad

y me dan ganas de correr aunque eso signifique

la soledad eterna en medio de la naturaleza eterna.

A mirar y escuchar la montaña y el cielo el resto de mi vida

hasta que todo vuelva a ocupar su lugar de contenido

total

hasta que todo tenga otra vez su original consistencia

y esté el mundo y esté yo dentro

de un paisaje sólido, visible, inconfundido.

Esa desesperación, la sombra de un árbol

esfumándose entre las últimas luces de un pueblo en invierno,

eso es dios para mí.

 

 

de El primer color de la noche

 

¿El frasco de especias que el viento que entraba por la ventana tiró en la cocina de casa mientras no estaba, habrá hecho ruido?

 

Ahora llego y veo los pedazos de vidrio
dispersados alrededor del pimiento dulce,
la rosa mosqueta, la pimienta,
alrededor de un olor desconocido.
¿Habrá caído en el mismo momento en que comencé a estallar
gradualmente, de rabia, como suele pasarme?

Cuando se desató la tormenta
no pensé en mi casa.

Barro, tomo agua, prendo el ventilador,
la bronca se disipa.
Mañana voy a pasar el trapo
sobre las baldosas manchadas de rojo.
Ahora me acuesto, respiro, escribo,
me tapo con la sábana.
Saco una mano de adentro de la casa,
meto una mano adentro de la noche.

 

 

de Las plantas verdes de los veranos

 

Las hojas de las palmeras bajas se mueven por el viento  

 

Vuela un poco de tierra

al costado de la ruta.

 

Parece que estemos lejos 

pero son apenas las afueras del pueblo:

un cartel que dice “abierto-cerrado”

golpea contra la tranquera de la que cuelga.

Por momentos se lee “cerrado”

por momentos, “abierto”.

 

Están además las páginas 

del libro que leo

adentro del auto en el que permanezco

 

suenan por el roce antes de que las pase

no son iguales al silencio luminoso

del polvo sobre las piedras.    

 

 

I

Estoy volviendo de la escuela y el cielo todavía guarda restos de atardecer: 

verde, azul, amarillo contra el horizonte, 

sobre los autos desordenados al lado de los zanjones, 

bajo la luna y más allá del camino de tierra 

cuando doblo en la curva más grande.

La noche en el campo cae mucho más lento, 

a veces son las diez y todavía hay en el cielo partes verdes, 

amarillas, 

azules.  

 

 

II

Una alumna me dijo que mi voz se escucha mientras venís para la escuela en camioneta por la calle de tierra, cuando yo les pregunté si estaba hablando muy fuerte.

Con los alumnos del campo leemos poesía de campo. 

La poesía de la ciudad no le gusta a ninguno, y a mí, estando en el campo, tampoco.

La misma alumna que viene en camioneta me contó que tuvo que salir a mirar el atardecer para comprobar que la poesía que les di para que leyeran hablaba de ese momento del día.   

 

 

El patio del Litoral

 

I

Salgo al patio del Litoral. Una palmera asoma desde el otro lado del paredón. Hacemos fuego, las chicas se manguerean, ponemos la radio desde un equipo. Más tarde, cuando termine de anochecer, jugaremos al fútbol con Violeta en el cuadrado de pasto y yo haré pasar la pelota a uno de los patios vecinos. Después vamos a tener que ir por la vereda, tocando las puertas de una provincia desconocida a las doce de la noche hasta que una vieja amable la devuelva nuevamente a nuestro patio, al patio del Litoral, y guardemos la escalera que usamos para espiar los posibles destinos, como siempre, errados, de lo que habíamos perdido en la claridad de la noche.

 

 

Inéditos

 

Atiza el sol sobre la parrilla de la siesta al lado del agua verde de otro invierno

 

Qué corta se hace la vida

si es por inviernos contada

qué poca la dicha, es nada,

si tan veloz pasa el tiempo,

vengo de votar a Alberto,

mientras lloro por mi amada.

 

Mi amada nada en el viento

como una desdicha ausente,

siempre fui experimento ecuestre,

de unos monjes tibetanos,

que sacudieron de sus manos

importante condimento,

leyendo libros que encuentro

en ajenas bibliotecas,

qué asombro, la vida está quieta,

si no toco mi instrumento.

 

Tantos deseos, miles

y yo sin poder nombrarlos,

frente al reflejo de un árbol

rameante en agua estancada,

yo inmóvil, estoy cansada,

de haber errado ya tanto.

 

Tal vez si viviera en Yacanto,

tal vez si fuese nombrada,

como planta embelesada,

por las nubes del encanto.

¿Quién soy? No sé decir tanto

no sé yo decir ya nada.

 

¿Quién soy? la que habita el sueño

de dioses entredormidos,

yo soy tu sueño querido,

yo soy tu bosque incipiente,

un insecto, un sol inerte,

entre mantas escondido.

Y nunca me falta un amigo

para zafar de la muerte.

 

De la vida entrecortada

por tanto cemento y pasto,

por cortaderas de espanto,

que me apuran en coartadas,

no soy Lorca, no soy casada,

no soy jinete ni hombre,

soy el nombre de algún sobre

de una carta abandonada.

 

Y cuando la dicha es grande

y cuando el hambre no es mucha

todos los dioses escuchan

mi cantar como algo alegre

y ando a tientas como liebre

en praderas como muchas

perdices, zonzas casuchas

de pájaros estridentes,

picos de cristal silentes,

voces de espinas de rosas,

que no escucho, entre otras cosas,

suavizadas por sus manos,

manos del dios del verano,

que parece que viniera,

de dormir en primavera,

de bailar con sus paisanos.

 

Y no hay forma de que, vamos,

yo abra los ojos siquiera.

Ni vea, al pasar la tranquera,

que la tormenta avecina,

de los truenos veo las finas

puntas de estrellas distantes,

y creo, como diamantes,

van a cubrir de decoro,

todo el dolor de algún moro

que llevo dentro del alma.

 

Mora dicha, mora calma,

como antes de la tormenta,

no hay cielo, no hay mar, no hay puerta

por la que pase mi canto,

soy presa de un gran encanto

muy similar al ensueño,

un sueño, pero sin dueño,

que al despertar llora tanto,

porque rozan sus jirones

las piedras del desencanto.

 

Y al ir marcando la huella,

vuelvo al habitual camino,

sola sombra de algún pino 

que despunta en ligereza.

Mediodía, pongan la mesa

de los ángeles sicarios,

dioses vestidos de diablos,

diablos durmiendo en las piezas,

de casas de temporada,

con frías baldosas endechas. 

 

Y cuando remontan vuelo,

los teros en sus esquinas

de piletas repentinas

para las que no hay escaleras,

yo lloro y a quien me viera

le salvo de mis sollozos,

porque no lloro y despojo,

sino que en los entredichos,

cataratas de caprichos

brotan de débiles fuentes,

las escenas me hacen fuerte

pero mi cuerpo se cae,

hacia el mar, hacia las naves

que tendría que haber quemado.

 

No fui yo, fue en otro lado,

donde la vida existía,

y el pasto sobre las vías,

y las vías bajo sus trenes,

y sol, nubes y jejenes

ponían ruido a la tarde,

y sin pensar en alardes,

los mates eran cebados

a uno y a otro lado

como un pacto con la mañana,

y no era todo, la cama,

desarreglada hasta tarde.

 

Y los pájaros venían

a cantar en claraboyas

y eran alas y eran boyas

las antiguas letanías.

Mientras escriba estoy viva,

me digo mientras me muero.

Otra alma tener no puedo,

a veces me encantaría

tirar al cielo la mía

y atajar la que tire el cielo.

 

No sé qué hacer con los días

si escribirlos o dejarlos

pasar como con su canto

hace el pájaro a escondidas

sobre cables de avenidas

sobre ramas de geranios,

a veces creo que un año

ni más yo vivir podría,

pero sucede que un día,

sin que nadie se lo espere,

se levanta cual si fuere

chimango de cualquier ruta

la vida cuyas disputas

se borran como en la nieve.

 

No es el fuego el que contiene

benditas complicaciones,

es la falta de visiones,

de amor que tal vez ni existe,

o decime si lo viste

entre tanto dolor ajeno,

propio, oculto entre lo bueno,

como en el pino una aguja,

que de tanto no hay la bruja

que comprenda tal hechizo,

ni por qué el que así lo hizo,

quiso hacerlo de este modo,

tan extraño, tan del lodo,

sorteando la incertidumbre,

viviendo sin tener cumbre

donde volver a acostarse,

como una diosa en un catre,

como un huevo en otro nido,

como los años del tilo

que miran por la ventana,

y no pueden hacer nada

más que mantenerse en vilo.  

 

 

Las versiones de la historia

 

Crecí viendo a mi madre hacer 

todo lo que nadie hacía en la casa

por desgano u olvido. 

Tarde me di cuenta: “lo que no haga en casa lo va a hacer mi madre”

qué tarde me di cuenta, aún no termino de entender cómo

me di cuenta tan tarde. 

 

Me crié en los brazos de mi abuela materna, la mamá de mi mamá,

cocinando y cebando mate mientras mi madre y mi padre trabajaban.

 

Fueron pocos esos años pero los recuerdo como si fueran más, 

aunque siempre con una imagen: el pulóver verde de mi abuela

que treinta años después llevo puesto,

aunque mi madre me dice que está demasiado estirado.

Es de un verde que ya no existe.

 

Mi padre estuvo presente, 

trabajando en su negocio, iba y venía,

pero mi madre ponía 

a las siete de la mañana 

una asadera en el horno

repleta de zapallitos rellenos, 

luego de saltear carne y cebolla,

para solo tener que encender la hornalla 

a mediodía, cuando la familia volviera

muerta de hambre.

 

Sobre todo el resto, porque ella

entre el poner la hornalla, poner la mesa, 

lavar alguna cosa

para adelantar el posterior lavado de los platos, 

apenas se sentaba cuando íbamos por la mitad de la comida.

 

Siempre me intrigó que mi madre comiera en tres bocados

los zapallitos, las milanesas, 

las berenjenas, la carne.

 

No es un poema sobre la culpa:

es un poema

sobre el reconocimiento absoluto

del trabajo incansable y gratuito de mis madres

divididas entre sus propios deseos

(a veces directamente silenciados)

y los deseos caprichosos de la familia.

 

Es un poema para decir

que no entiendo cómo hacían,

mientras trabajaban dentro y fuera de las casas

para crear ciertas escenas:

 

el mantel a cuadros, la lámpara en la mesa,

el sonido lejano 

del televisor, las charlas,

la revisión de los cuadernos, el mate interminable

al fuego de la estufa.

 

Es un poema también para contarles

mi gratitud, 

y para avisarles

que yo que puedo,

no voy a repetir la historia.

 

 

Tao

 

Hubo un tiempo en que todo lo que hacía lo hacía

para volver a mí.

Leía para volver a mí,

escribía para volver a mí

hablaba y escuchaba para volver a mí.

viajaba y bebía para volver a mí,

amaba y creía 

que amaba y pensaba 

muchas cosas

para volver a mí.

Ese tiempo está terminado.

¿Quién estará del otro lado, ahora 

que ya no es mi propósito,

volver a mí 

sino ir,

a su encuentro?

Es más, cuando recuerdo

esa acumulación de imágenes tan claras

que es el pasado,

y aunque en ese pasado rondaba

experiencias

que siempre me devolvían a mí

como un mar con sus olas,

no me hallo a mí 

ya que soy

la que está aquí,

la que escribe en esta noche 

esta hoja blanca,

y no tengo hacia dónde volver

ya que agoté todas las formas

de volver hacia mí,

ya que toqué mi centro,

el centro de la nada.

Entonces no estoy allá, en el pasado repleto,

ni estoy acá, sobre esta piedra 

que tantas veces las mismas olas

pulieron.

Y es por eso que no puedo decir nada más,

porque suelta, 

como las riendas de un caballo que se escapa,

mi voz no me pertenece,

y a donde sea que vuelvan todas mis partes

no volverán exactamente a mí.

 

 

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