Martín Rodríguez (Buenos Aires, 1978)

Poeta y periodista. Publicó Agua negra (1998), Natatorio (2001), El conejo (2001), Lampiño (2004), Maternidad Sardá (2005), Paniagua (2005) y Ministerio de Desarrollo Social (2018), entre otros. Integra la antología 53/70: poesía argentina del siglo XXI (2015) preparada para el 23 FIPR.

 

Inéditos:

Canción de los salesianos

Madre, vuelvo a la cocina a mirarte.
Estás de espalda.
Vuelvo a cobrarme una deuda.
La luz del sol infló la cocina de luz blanca. Y entonces
no puedo verte.
No puedo saber tu edad (¿estás vieja?, ¿estás muerta?).
Pero yo sé mi edad.
Tengo la edad del que creyó estar muerto
hasta que sintió que su respiración era extraña,
era una fuerza desconocida que venía no se sabe de dónde.
¿De dónde viene esa fuerza?
Estoy seguro que no viene de vos.
Pero que sabés de dónde viene.
¿Para quién estás cocinando? Mirá que no me quedo a comer.
Los muchachos están esperando afuera. Me esperan.
Veníamos borrachos caminando y cantando
la canción de los salesianos,
y se me apareció en el camino la casa.
Mi casa. Los muchachos cantan la canción
de los salesianos, mientras estoy acá, y vos estás de espalda
pelando una cebolla, por eso las lágrimas.
Ellos cantan, afuera, ahora. Los muchachos lo harán siempre.
Y ahora cantan más fuerte para tapar mis gritos.
Es la última vez que vuelvo a esta cocina, Madre, como vuelve
la madera del árbol al mango del hacha: convertida en una materia
útil y perfecta,
y recuerdo, Madre, reuniste tus utensilios de plata,
las copas de cristal, el mate labrado en oro,
los enterraste ¡y no me enterraste a mi!
¡A mi que valgo mas que esos oros
del Perú, y toda esa mierda junta!
Vuelvo. Y no te dignás a darte vuelta
y besar mi calavera, mi fémur, mi talón que pisó carne mientras ardía.
Las verdaderas madres agarran a sus hijos que vuelven de la guerra y los llevan al río.
Los lavan. Los secan. Les ponen manteca en los talones.
Los derriten un poco
bajo el sol tibio para transparentar los huesos: medir el calcio.
Pero ahora la luz me advierte que no estás. Que la cocina está vacía.
Que no hay platos. Que hace mucho no hay nadie acá.
Que no hay música.
Canten muchachos, canten fuerte la canción.
Entren cantando a la cocina.
Y rompan todo.

 

San Benito dijo que Dios habla a través de los jóvenes, los enemigos y los desconocidos

Una vez una señora en un colectivo
me dijo que su hijo había ido a la guerra.
Y me dijo que su hijo fue prisionero,
que estuvo en un barco.
Y me dijo que ella no podía oír cuando su hijo
contaba el cautiverio.
Ella se encerraba y su hijo lo hablaba con el padre en la cocina.
Padre e hijo solos en la cocina.
Los padres quieren saber si sus hijos fueron violados.
Quieren llegar hasta ahí,
meter la mano por la rejilla hasta el rollo de pelo.
Las madres no quieren saber si sus hijos fueron violados.
Ella escuchaba el murmullo del padre y el hijo.
El padre lo escuchó a su hijo.
Sacó de la alacena una guitarra nueva.
Una auténtica Fernández.
Se la puso en las manos.
No la enchufó para que primero probara la madera.
Sonaba muy despacio el riff de Humo sobre el agua.

 

Soldado desconocido

Papá cuando murió su padre salió a caminar.
Tomó whisky, dos, tres, cuatro.
Salió a caminar.
Entró a una galería de la avenida Rivadavia.
Caminaba solo.
Año 1979.
Se cruzó a un hombre desconocido,
que le dijo: “lo lamento mucho”
como si lo supiera.
No se conocían pero
el desconocido le dijo: “lo lamento mucho”.
Y eso es todo lo que sé. Y todo lo que me contó.
En una galería de la avenida Rivadavia.
El padre de mi padre murió porque le estalló el corazón.
Y ahí estaba el desconocido,
un hombre cualquiera con bandera a media asta.

 

La vuelta del colimba a casa

La vuelta del colimba en el tren.
Cantemos todos juntos!
La vuelta del colimba, el último,
con el bolso azul y la guitarra en la funda negra.
Llega en el tren, en el primer tren,
el que salió a las 5, al alba.
La vuelta del colimba a casa.
La casa iluminada, el humo.
La vuelta del colimba que vuelve en el vagón
y saca la guitarra
y canta.
Se levantó antes del amanecer.
La vuelta a casa del colimba, cantemos todos,
la vuelta del colimba al amanecer,
en el primer tren, último tren.
Tira el casco por la ventanilla!
Se pone el sombrero de paja.
¡Vuelve el colimba!

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