Ricardo Daniel Piña (Buenos Aires, 1962)

Reside en Salta. Es trabajador del libro artesanal y perteneció al directorio de la cooperativa editorial de reciclado Eloísa Cartonera durante más de diez años. Publicó, entre otros, Sentimiento Bielsa (2005), Pekerman saborizado (2007) y Ortega No Se Va (2008), libros que integran su Trilogía Sentimental, publicada en 2018 por La Juana Cartonera, editorial que co-dirige con Verónica Ardanaz.

 

Inédito:

El planeta se llena de residentes y rebalsa.

Las hormigas son el principio.

Las civilizaciones del medioevo fueron construidas por esclavos y por hormigas.
Absolvemos a la naturaleza.
Perseguimos la paz universal en los ecosistemas.
Las hormigas desmantelan el nido, ante la primera vibración de alarma.
Las obreras cargan todo.
Primero la descendencia, la continuidad de la especie. Luego lo demás.
La comodidad de la protección puede ser la violencia prometida.
Miramos el frasco de plástico blanco con insecticida, medio lleno, medio vacío.
Nuestro cuarto parece “plantado” en medio de la selva de montaña.
Todos esos espacios que se llenan hasta desbordar de deseo, se nutren con amor.
Lo que sobra son gritos y palabras fluyendo.
“Todo lo sólido se desvanece en el aire.” (Marx)

El tiempo violento impulsa a las hormigas, en el instinto de sobrevivir, a deambular frenéticamente por todo el cuarto. El techo, las paredes y el piso.
Es verano, hace calor, llueve mucho…
La excitación son los rayos de sol que perforan tu cráneo.
Actúo de exterminador. Exacerbación del no. Mi faena está por comenzar.
Diluyo insecticida en agua. Miro a mi alrededor.
Comienzo y termino en poco tiempo.
Mis fosas nasales se resignan al deber cumplido y a la obediencia debida.
La habitación ha quedado vacía, hueca y latente de exterminio.

Era inabarcable la majestuosidad de la puna salteña.
Fui una hormiga en la inmensa huella blanca de arenisca del periodo civilizatorio preincaico.
Fui ajeno a todas esas ceremonias y quise seguir subiendo las colinas
para fundirme con el fuego del sol.
El poema esperó por la evocación.
El poema fue una obra irreal.
Me desesperé en ese gran silencio caliente.
Los huesos blancos que vimos en el museo de Santa Rosa de Tastil, de más de 2.000 años eran de los habitantes de esa planicie de rocas blancas.

Luego
de envenenarlas,
no entendí si era el líquido blanquecino y aceitoso
que las estaba deteriorando rápidamente pegándolas al piso,
o era la mortífera función del insecticida,
que las aplastaba y las retorcía.
Nadie resiste al avance de la ciencia y la tecnología. Solamente los insectos. Pensé…
Sabemos de los habitantes de esta tierra, anteriores a nosotros.
Porque la historia es el hospedaje original.
En algún lugar hemos oído las voces de los antepasados.
Caminando cerca de los ventanales de la casa.
Por encima de los libros, la cama, el piso del cuarto, y por el techo de listones de madera. Todos los escenarios fueron de agonía y muerte.
Me subí a un banquito de madera para llegar al techo,
a las hendiduras de los machimbres, por donde anidaban las hormigas.
Apunté el pulverizador, y no fui Guillermo Tell (de Friedrich Schiller, que tiene como protagonista al legendario héroe de la independencia suiza).
Alguna micro-gota que escapó de la región pulverizada, fue a dar a mi ojo izquierdo.
Los capilares son la parte mínima de cualquier sistema.
Intercambian con el medio los fluidos que transportan.
En este caso el sistema circulatorio que irriga mi ojo llevó la parte más dolorosa.
La luz eléctrica contribuyó al desarreglo, forzando mi vista.
Valió la pena salir del cuarto, con el vaho ácido persiguiéndome
y humedeciendo mi espalda.
Cerré la puerta al salir. Encendí un cigarrillo.
Y en la ensoñación provocada por el veneno en el aire,
recordé esa pintura del 1500 de la batalla de Laupen donde Berna y sus aliados suizos exterminaron a las tropas austríacas.
Espadas empuñadas como cuchillos,
lanzas clavándose en los cráneos de los guerreros austríacos.
Un torbellino de asesinatos. Las guerras del siglo XVI eran carnicerías.
Los imperios se construyeron amparados en asesinatos.
Campos de batalla.
Clases dirigentes y la representación.
La perplejidad. La incontinencia civil.

El licor venenoso reinante en la temperatura de la pieza.
La nicotina relajándome las neuronas.
Algunas hormigas volando y estrellándose en las ventanas.
Pude verlas asistiéndose entre sí.
Las que todavía, tenían signos, se acercaban a las agonizantes. Nerviosamente.
Todo el nido diseminado por la pieza, agonizaba como un órgano con sus funciones derramadas. Esperando el colapso.

La antropología forense no distingue la causa de la extinción
de la civilización preincaica de Tastil.

Fui observador de la caída de un imperio.

Vaqueros – S a l t a
del 10 y 18 de enero de 2018
al 9 de marzo de 2018

*

de La bicicleta (Testa di Capello, 2007):

La dinámica de la moral
y el desarrollo de la bicicleta

La fuerza de la tracción a sangre se traduce
a movimiento máquina, sólo si los pedales
de la bicicleta transmiten la potencia
de las piernas al plato dentado que lleva
la cadena.
Un plato dentado, cuyo diámetro es del tamaño de un plato de cocina.
La cadena es un accesorio que le transmite
la fuerza al piñón, donde está, finalmente,
la rueda, que a su vez, deja fluir la energía
hacia el piso y origina el desplazamiento.
El piñón está fijo a la rueda de atrás
pero está libre de la cadena.
Su diámetro debe ser mucho menor al de
un platito de café. La proporción es: el piñón tiene que ser menor al plato donde van
los pedales. Cuanto mayor sea esa proporción se asegura mayor potencia.
La cadena es un accesorio independiente
y libre. Está ajustado por los extremos.
(Cuál es el extremo de una cadena…?
Si es circular…?)

Cuando se suelta,
provoca un desarreglo en la conducción.
Un desborde en las emociones
es un desarreglo en la conducta.
Se justifica el ejemplo de la ciclista pedaleando en falso,
sin transmisión,
con solamente el control del manubrio
y de los frenos de la bicicleta.
Sería:
Los accesorios del corazón desentonan
con la transformación del ego.
El software de la percepción se fue al carajo.

La lluvia ya no es lluvia
y la humedad no me importa.
Dejame, no me hables, no me toques.
No me dirijas la palabra.
Odio todo.
No quiero nada de nadie.
No sé si esto va a pasar
y no me importa, por mí puedo estar toda la vida amarga como un pedo de momia.

Los componentes de metal, ensamblados
en la bicicleta,
se fatigan con el uso en sus funciones
y ocasionan la pérdida de la energía
que dificulta el ensamble de las partes.
La ciclista pedalea en falso y un gran colchón
de aire envuelve sus piernas,
desequilibra su cuerpo,
nubla su comprensión,
su visual,
y ella piensa:
Uh…! Qué habrá pasado?
Dónde estoy?
O me fracturé,
o me esguincé,
o me fisuré?
No puede ser… Para qué levanto las piernas?
Es extraño. No siento nada. Solamente
los pozos de la calle.

¿Me pisó un colectivo y estoy desarrollando
esa especie de sueño de los moribundos?
¿En cualquier instante voy a empezar a ver
una luz, allá en el fondo?
¿Me habrá chocado un auto y me golpeé
la cabeza y estoy en el paraíso de los peatones muertos por accidentes viales?
¿Todavía no me enteré?
¿Enterarse de algo, tendrá que ver con alguna manifestación de la conciencia?
¿Qué dirá mi familia cuando sepa lo que pasó?

¿Dónde será el velatorio?
¿Será cerca de casa?
Pensar que hasta hace un instante soñaba
con el baño que me voy a pegar
cuando llegue a casa…

…Ahhh…! …Bueeeno…!
Ta’bien…
Se me soltó la cadena…
Con razón me sentí afuera del mapa
de Buenos Aires, de Argentina,
del planisferio.
Qué cagada, ahora.
Voy a tener que engrasarme las manos
para poder seguir y llegar lo menos tarde.

Es una microcentésima de segundo
en el desorden de la percepción.
Parece que se liberase el pulso del artefacto hacia una velocidad insospechada.
Un cuerpo sorprendido dirigido por la calle
llena de autos.
El bondi 25, el 46, el 86. Taxis.
Autos particulares. Los carritos de los cartoneros y los vendedores ambulantes…

La bicicleta se sostiene en un hilo imaginario invisible que pasa desde
el 300 de la calle Brandsen
(la avenida Almirante Brown), hasta el 1400
(la avenida Regimiento Patricios) envuelta
en una atmósfera de quietud,
llena de fragilidad y de inocencia.
La ciclista, en ese momento,
tiene sólo la intención de llegar entera.

Esta cadena no es la misma cadena
de la esclavitud.
Nunca se usó una bicicleta para someter
una cultura aborigen
por una potencia extranjera.
Tampoco se usó para arrear, como ganado,
a millones de trabajadores
persas, asirios, caldeos, judíos,
egipcios y árabes,
para construir bóvedas gigantes
para los emperadores.
Con piedras transportadas desde cientos
de kilómetros, en el antiguo Egipto.
(Hubiese sido fantástico ver a millones
de trabajadores yendo en bicicleta
a trabajar a la construcción de las pirámides.)

Esta cadena no es la misma cadena
de juramentos, códigos, justificaciones, honorarios, prejuicios , hipocresías
que ata a la mujer
a la conducta del varón.
(¿La esclavitud de género?)
Esta cadena no aísla a nadie,
de ninguna cosa imaginable.
No se pensó para eso.
No atrapa y no sujeta.
Si impide algo, seguramente,
no es del orden de la dinámica de la moral.
Eso es lo más seguro.
Amarte es lo más seguro.

A Leomiau in to the Galway’s blue sky.
1 de febrero de 2007.

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